A cómo está hoy

Relato · Asturias, 1974
A cómo está hoy
A los siete años, Nino sabía contar hasta cien en la escuela y no sabía comprar el pan.
Eran dos cosas distintas y le costó años entender por qué. En la escuela, don Aurelio escribía en la pizarra 25 + 25 y él levantaba la mano y decía cincuenta, y don Aurelio asentía y ponía otro. En la panadería, su abuela ponía la mano abierta sobre el mostrador con cinco monedas encima y decía «cinco duros», y la panadera decía «cinco duros» y no pasaba nada más. Nadie decía veinticinco. Veinticinco no lo decía nadie en todo el pueblo.
—Abuela, son veinticinco.
—Son cinco duros.
—En la escuela dicen que son veinticinco pesetas.
—Y lo son —dijo ella, sin volverse, guardando el pan en la bolsa de tela—. También son cinco duros.
Aquello a él le pareció una trampa. A esa edad uno todavía cree que las cosas tienen un número y ya está.
La abuela compraba en duros toda la semana. El pescado a tantos duros el kilo. Las fabes, que eran caras y ella las miraba mucho antes de decidirse, a tantos duros. Cuando algo se ponía imposible no decía que costaba mucho: decía «a cómo está hoy», y chascaba la lengua, y la pescadera contestaba «a cómo está todo», y las dos se quedaban un momento mirando la caja como se mira el cielo antes de un viaje.
Solo cambiaba de idioma para las cosas grandes. La lavadora fue «doce mil», sin más. El entierro de su marido fue «lo que fue» y no se habló del asunto. Y una vez, hablando bajo con una vecina en el portal, dijo «medio kilo», y Nino, que iba de la mano y estaba en la edad de entenderlo todo mal, pensó que hablaban de carne. Tardó años en saber que medio kilo era medio millón y que estaban hablando de la casa de alguien.
Un día, en el mercado, lo mandó él solo con el monedero.
—Un kilo de patatas. Y no te dejes el cambio, que luego te lo dejas.
Fue, esperó su turno con la barbilla asomando por encima del cajón, y cuando el hombre le dijo «ocho duros, rapaz», Nino se quedó quieto haciendo la multiplicación en la cabeza, con los labios moviéndose, como le habían enseñado. Ocho por cinco. Cuarenta.
—Cuarenta pesetas —dijo, muy serio, y puso el dinero contado.
El hombre lo miró un segundo con las cejas levantadas y luego se rió, y le dio las patatas y una manzana pequeña que no había pedido.
—Este va a ser de los que hablan raro —dijo, no con maldad.
Nino volvió a casa con la manzana y la vergüenza. No supo explicar qué le daba vergüenza exactamente. Había dicho el número bueno. El de la pizarra. El del Estado. El que venía escrito en la moneda, porque él la había mirado: en el canto decía cinco pesetas, con todas sus letras, y no decía duro por ninguna parte.
Se lo dijo a su abuela esa noche, indignado, con la moneda en la mano como una prueba de un juicio.
—Mira. Aquí no pone duro. En ningún sitio pone duro.
Ella lo miró por encima de las gafas, con las manos en el agua.
—Ya.
—¿Entonces?
—Entonces nada, neñín. Que en el dinero pone lo que quiere el que lo hace, y en la boca pone lo que quiere el que lo gasta. —Sacó las manos, se las secó en el delantal y le devolvió la moneda—. Y a la larga gana la boca. Siempre.
Nino no lo entendió. Guardó la moneda en el bolsillo y estuvo un rato ofendido, como uno se ofende a los siete años, con toda el alma y durante veinte minutos.
Lo entendió mucho después, y no de golpe.
Lo entendió el año que quitaron la peseta, cuando ya tenía las manos manchadas y una hija que no había conocido a su bisabuela. Estaba en un bar de carretera oyendo a dos hombres discutir un presupuesto en la mesa de al lado, con los papeles nuevos delante, todos en euros, y uno le dijo al otro:
—Eso son cuatro mil duros, no me jodas.
Y el otro asintió, e hicieron la cuenta, y cerraron el trato en una moneda que llevaba treinta años sin existir, que en realidad no había existido nunca, que no estaba impresa en ningún billete ni acuñada en ninguna pieza ni escrita en ninguna ley, y que sin embargo los dos entendían igual de bien.
Nino pagó su café. Le devolvieron unas monedas nuevas que aún le parecían de juguete y se las quedó mirando en la palma un momento, contándolas sin querer, en voz baja, como se cuenta lo que se aprendió antes de saber que se estaba aprendiendo.
Le salieron duros.
Este relato es del mismo mundo
Pertenece al universo del Programa Matria, la saga que abre El último ultramar. Se leen sueltos: no hace falta ninguno para entender otro.