Castellanización en las escuelas mexicanas del siglo XX: la Casa del Estudiante Indígena

El 1 de enero de 1926 abrió en Ciudad de México la Casa del Estudiante Indígena, y casi cualquier historia de la castellanización en las escuelas mexicanas del siglo XX acaba pasando por ese edificio. Entraron 198 muchachos, llegados de Oaxaca, de Chiapas, de Veracruz y de otros estados. Algunos, cuenta el historiador Marco A. Calderón Mólgora en su estudio sobre la Casa, no podían comunicarse en español cuando cruzaron la puerta.
La idea era sencilla de enunciar. Se los traía a la capital, se los formaba en la lengua y en los oficios del país nuevo, y se los devolvía a sus pueblos para que enseñaran lo aprendido. La palabra que se usaba entonces era incorporación.
Castellanización en las escuelas mexicanas del siglo XX
La Casa no fue una ocurrencia aislada. En 1911 una ley de escuelas de instrucción rudimentaria ya se proponía enseñar «principalmente a los individuos de raza indígena a hablar, a leer y a escribir el castellano». En 1921 José Vasconcelos refundó la Secretaría de Educación Pública y empezó a mandar al campo maestros que él mismo llamaba misioneros. Lo explicó así, según recoge un capítulo del Centro de Estudios Educativos:
A falta de un maestro completo como el fraile que sabía cultivar un campo, aserrar y ensamblar una mesa, nosotros empezamos a mandar grupos de maestros.
Me interesa esa comparación. Cuatro siglos antes, los frailes habían aprendido el náhuatl, el zapoteco o el mixteco para predicar en ellos, y escribieron gramáticas para que otros pudieran hacerlo. Los misioneros de Vasconcelos hicieron el camino contrario: iban a llevar el castellano. El 17 de octubre de 1923 se anunció el programa de las misiones culturales y la primera salió hacia Zacualtipan, en Hidalgo, con el maestro Rafael Ramírez al frente. Cinco años después, Ramírez publicó un texto cuyo título no deja dudas sobre el objetivo: Cómo dar a todo México un idioma.
Lo que no volvió
La Casa del Estudiante Indígena cerró en 1932. Según Calderón Mólgora, uno de los motivos fue que su propósito principal no se cumplía: muchos de los primeros egresados no quisieron volver a sus comunidades.
No sé qué lengua hablaron después esos muchachos con sus madres. Sí sé lo que dicen los números del conjunto. En 1930, según el INEGI, el 16 % de la población hablaba una lengua indígena. En el censo de 2020 eran el 6,1 %, más de siete millones de personas. Y ese mismo censo contó 23,2 millones de mexicanos que se reconocen indígenas por su cultura, de los que unos 16 millones no hablan ninguna lengua indígena (INEGI, comunicado 430/22).
Hubo quien intentó otra cosa pronto. En 1939 y 1940, el Proyecto Tarasco, con el lingüista Mauricio Swadesh, enseñó a leer primero en purépecha y luego en español. Hizo falta esperar a 1978 para que la SEP tuviera una Dirección General de Educación Indígena, y a 2003 para que una ley llamara lenguas nacionales, con la misma validez que el español, a las que aquellas escuelas querían sustituir.