El camino de Víznar: la noche en que Lorca no murió
En una madrugada de agosto de 1936, en la
carretera de Víznar a Alfacar, a las afueras de Granada, mataron a Federico García Lorca. Este
relato cuenta la misma noche con una sola cosa cambiada. Es el primero de los tres cuentos de
La bola blanca.
Lo peor de La Colonia no era lo que pasaba de madrugada. Lo peor era la tarde entera de antes, que duraba mucho y olía a retrete y a cal, y en la que no había nada que hacer más que estar de pie en una puerta.
Blas Herrera llevaba tres semanas en aquella puerta. Había pedido el puesto porque se dormía en casa y no había que subir al frente, y porque un primo suyo se lo había conseguido, y porque pagaban. No tenía más razones y no le hacían falta más. Cuando su mujer le preguntó qué era exactamente lo que hacía allí arriba, le dijo que vigilar, y era verdad.
El calor no se iba ni de noche. A las once todavía subía del suelo, y la pared del pasillo, que había estado todo el día al sol, seguía caliente si apoyabas la mano. Dentro había veintitantos hombres y dos mujeres, en dos cuartos, sentados en el suelo porque no había otra cosa. Alguno hablaba. La mayoría no.
El de la chaqueta clara llevaba desde media tarde preguntando cosas.
No preguntaba lo que preguntaban los demás. Los demás preguntaban cuándo, o adónde, o si podían avisar a su casa, y a eso Blas tenía una respuesta hecha que consistía en no decir nada y mirar al pasillo. Aquel preguntaba otras cosas. Preguntó si en Víznar había agua buena, que él lo había oído siempre. Preguntó si el pueblo tenía las fiestas en agosto o en septiembre. Preguntó, ya de noche, si hacía frío de madrugada, porque había traído una chaqueta de nada y había sido una tontería.
—Ahí dentro no hace frío —dijo Blas.
—Fuera sí, digo.
—Fuera también hace calor.
—Pues qué suerte —dijo el hombre, y se quedó callado un rato largo, y luego preguntó si él era de Granada capital o de por allí arriba.
Blas no contestó. Se apartó dos pasos y se puso a mirar la puerta de la calle, que era lo que tenía que mirar.
A las doce vino Ramírez con una petaca y estuvieron fumando en el zaguán, y Ramírez contó una cosa de su cuñado que no tenía gracia pero la contaba como si la tuviera. En una de las vueltas, Blas entró en el cuarto de la izquierda, se agachó al lado de un abrigo doblado que había en un rincón y sacó del bolsillo interior una pluma con el capuchón dorado. La miró a la luz del pasillo y le probó el plumín en la uña del pulgar, porque en el índice izquierdo le faltaba la punta desde los diecinueve años, de una trilladora, y con ese dedo no notaba nada. Después se la guardó. El dueño del abrigo estaba a dos metros y lo vio, y no dijo nada, y Blas tampoco.
Eso también era el trabajo.
A la una y media llegó el sargento con los papeles. Traía dos hojas y venía de mal humor porque los de abajo se las habían dado mal, con los nombres corridos de una lista a otra y alguno repetido en las dos, y había tenido que hacerlas otra vez en el capó del coche, y encima se le había roto el lápiz.
—Esta noche van dos —dijo—. El camión no vuelve hasta las cinco. Los de la primera, que estén fuera a las tres.
Se puso debajo de la bombilla y empezó a leer en voz alta, deprisa, comiéndose las sílabas, como se lee una lista de quintos. Los nombres salieron uno detrás de otro con el mismo tono, sin separarlos, y entre el cuarto y el sexto dijo «Federico García Lorca» igual que había dicho los otros, sin levantar la vista, y Blas, que estaba pensando en que se le habían vuelto a mojar los calcetines con el sudor de las botas, no lo oyó.
—¿Lo has cogido? —dijo el sargento.
—Sí.
—Pues a las tres.
Los sacaron a las tres menos cuarto porque el camión llegó antes. Eran cinco. Los pusieron en fila contra la pared del zaguán mientras Ramírez contaba y volvía a contar, y uno de ellos, un chico muy joven, empezó a hablar muy rápido de un hermano suyo que estaba con los otros, con los de ellos, y que eso se podía comprobar, y que si alguien llamaba por teléfono. Ramírez le dijo que se callara. El chico siguió hablando. Ramírez le dio en la boca con el dorso de la mano, sin fuerza, como se espanta una mosca, y el chico se calló.
El de la chaqueta clara era el tercero. Estaba de espaldas, con las manos en la pared, y se había puesto de puntillas un momento, no se sabía por qué, y había vuelto a bajar.
—Ese tiene que ir al retrete —dijo Blas.
Ramírez no se dio la vuelta.
—Que se aguante.
—Va a ponerme el camión perdido y luego lo limpio yo.
Ramírez hizo un gesto con la mano que quería decir haz lo que quieras, y Blas lo cogió del brazo y lo sacó por la puerta de atrás, a la era, donde estaba la letrina, y donde no había luz porque la bombilla llevaba rota desde antes de que él llegara.
Lo soltó. El hombre se quedó quieto, mirando al suelo.
—Ahí —dijo Blas.
El hombre no se movió. Al otro lado del edificio se oía el motor del camión, que lo dejaban en marcha por no arrancarlo dos veces, y las voces de Ramírez contando otra vez.
Blas miró hacia el ribazo. Detrás de la era había una linde de olivos, y detrás de la linde bajaba el barranco hacia los cortijos, y al final de todo, muy abajo, estaban las luces de la vega, apagadas casi todas a esa hora.
Lo que Blas pensó fue que eran las tres y diez, que el camión no volvía hasta las cinco, que a las cinco había otros cinco, que él llevaba tres semanas allí y aún le quedaban las que fueran, que tenía los pies mojados, y que aquel hombre llevaba desde las cuatro de la tarde preguntándole cosas y no iba a parar.
—Por ahí —dijo.
El hombre levantó la cabeza.
—Por ahí abajo, entre los olivos, y no pare usted hasta el agua. Y no se le ocurra ir por el camino.
El hombre no dijo nada. Abrió la boca y la cerró.
—Ni gracias ni nada —dijo Blas—. Que no lo vea yo más.
Entonces el hombre echó a andar. No corrió: anduvo, deprisa y mal, tropezando con los terrones de la era, y cuando llegó a la linde se paró un segundo y se volvió, y Blas no le vio la cara porque estaba oscuro y porque no miró. Después ya no estaba.
Blas se quedó un minuto en la era, hasta que se le pasaron las manos. Le había dado la mitad de su tabaco a Ramírez aquella tarde y ahora no le quedaba.
Volvió por el pasillo.
—¿Y ese? —dijo Ramírez.
—Ese iba en la otra.
—¿Cómo en la otra?
—Que iba repetido, que los de abajo os las han dado mal otra vez. Pregúntale al sargento, que ha tenido que hacerlas de nuevo en el capó. —Blas se agachó a atarse la bota—. A mí me lo ha dicho él.
Ramírez se quedó con la hoja en la mano un momento. Después dijo un taco, dijo que aquello era una vergüenza y que así no se podía trabajar, y montó a los cuatro en el camión.
Nadie fue a buscar al quinto.
El camión salió a las tres y veinte. Blas volvió a la puerta.
Desde allí arriba, cuando el motor se alejaba por la carretera de Alfacar, se oía todo lo que había que oír, que no era mucho y duraba poco, y que venía como de debajo de la tierra por la forma del barranco. Blas lo oyó igual que las otras noches. Estuvo pensando en si al día siguiente le daría tiempo de bajar a que le echaran medias suelas.
El camión volvió a las cuatro y cuarto, antes de lo dicho, y el que bajaba de la caja era el chaval nuevo, el de Íllora, que se sentó en el escalón del zaguán y se quedó mirándose las manos.
—¿Qué te pasa? —dijo Blas.
—Nada.
—Pues entonces levántate, que ahí no te puedes sentar.
El chaval se levantó.
—Es que uno de ellos —empezó.
—No me lo cuentes —dijo Blas—. Que luego me lo cuentas y me lo tengo que aguantar yo también.
A las cinco menos diez sacaron a los cinco de la segunda. A las seis y media ya había luz.
El sargento vino a firmar antes de irse a dormir y se puso otra vez debajo de la bombilla, que a esa hora ya no hacía falta. Traía las dos hojas y una libreta de tapas de hule donde iba anotando los totales de la noche, porque los totales sí los pedían, aunque los nombres los tuvieran mal.
—¿Cuántos en la primera?
Blas estaba apoyado en el quicio con los brazos cruzados. Del bolsillo del pecho, debajo de la guerrera, le venía el bulto de la pluma con el capuchón dorado, que pensaba vender el domingo si le daban algo por ella.
—Cuatro —dijo.
—¿No eran cinco?
—Uno iba repetido de la de ayer. Los de abajo.
El sargento dijo lo que decía siempre de los de abajo. Luego abrió la libreta encima de la rodilla, mojó el lápiz en la lengua y escribió un cuatro.
Le salió torcido, y lo repasó, para que se entendiera.
Nota de la autora: qué es verdad y qué no aquí dentro
Es verdad el sitio. La Colonia de Víznar existió: una casa de las afueras, en el camino que sube
de Granada, que en el verano de 1936 se usó para tener encerrada a la gente unas horas antes de
llevársela de madrugada por la carretera de Alfacar. Es verdad el calor de agosto, son verdad las
listas, y es verdad que las listas venían mal.
Es mentira todo lo demás. Blas Herrera no existió. Ni Ramírez, ni el sargento, ni el chaval de
Íllora. No he puesto nombre real a ningún verdugo porque no me hace falta ninguno para contar esto,
y porque los nombres de verdad están en otros libros, escritos por gente que se ha pasado la vida
buscándolos. Tampoco he puesto en boca de Federico García Lorca ni una sola frase suya: en todo el
relato dice dos cosas, y las dos son mías.
Y es mentira, sobre todo, el final. A Lorca lo mataron. No lo sacó nadie por la puerta de atrás,
nadie le dijo que bajara entre los olivos, y en la libreta del sargento no hubo ningún cuatro.
Todavía no se sabe dónde está enterrado.
De dónde sale el título de la serie
A principios de 1936, Lorca empezó una obra que se iba a llamar La bola negra.
Solo se conservan unas páginas, y lo que sabemos de ella viene sobre todo de una carta que le
escribió a Cipriano Rivas Cherif. Las fuentes ni siquiera se ponen de acuerdo en si iba a ser una
novela o una obra de teatro. Se sabe que al protagonista le sale la bola negra en una votación, y
que cuando su padre le pregunta por qué no lo han admitido, el hijo contesta que porque es
homosexual. Iba a tener treinta y seis personajes: más que El público. En las votaciones
por balotaje la bola blanca admite y la negra rechaza, y basta una negra para dejar fuera a
cualquiera. Nadie firma y nadie da explicaciones.
Esta serie se llama La bola blanca porque va de lo contrario. A este hombre lo
admitieron. Vivió. Y de eso trata todo lo que viene después: de que sobrevivir no es una trama, y
de que a quien se le concede lo que a los demás se les niega no se le concede además un sentido.
Lo escribo ahora porque esta semana se estrena en los cines La bola negra, la película
que Javier Calvo y Javier Ambrossi han hecho a partir de esa obra inacabada y de La piedra
oscura, de Alberto Conejero. No he visto la película y esto no habla de ella. Solo me llevaba
mucho tiempo rondando la misma pregunta tonta, que es la que se hace cualquiera que haya subido
alguna vez por esa carretera: ¿y si no?
La serie «La bola blanca»
- I. El camino de Víznar — Granada, agosto de 1936. Este relato.
- II. El libro — 1966. Treinta años después, un periodista le pregunta por un
libro que no debería haber terminado. - III. La calle — Granada, 1977. Vuelve, y le piden que inaugure una calle con
su nombre.
Los tres son ficción. La línea temporal se separa de la nuestra una sola vez, en una era, a
las tres y diez de la madrugada, y no vuelve.