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Helena Wagner
Ciencia ficción literaria en español. Programa Matria.

El cuaderno pautado de Alberto Hemsi

· revisado el · helena
El cuaderno pautado de Alberto Hemsi

Alejandría, 1932. De una imprenta pequeña, montada tres años antes con un nombre que le venía grande —Édition Orientale de Musique—, sale un cuaderno delgado: unas cuantas canciones en judeoespañol, con la melodía escrita en el pentagrama y un acompañamiento de piano compuesto por el propio editor. Es la primera serie de las Coplas Sefardíes. El editor se llama Alberto Hemsi y tiene treinta y cuatro años.

Había nacido en 1898 en Cassaba, un pueblo del interior de Anatolia, cerca de Esmirna, en una familia sefardí que hablaba en casa la lengua que trajeron de España sus tatarabuelos. Estudió en el conservatorio de Milán. La Primera Guerra Mundial lo pilló allí, fue al frente con el ejército italiano y volvió herido. Después se instaló en Rodas, donde daba clases de música, y en 1928 se marchó a Alejandría a dirigir el coro de la sinagoga.

Lo que se cantaba en las cocinas

En esos años, entre Rodas, Esmirna y Salónica, Hemsi hizo algo que no le había pedido nadie: entrar en las casas y anotar lo que cantaban las mujeres. No canciones de escenario. Canciones de fregar, de acunar, de boda y de duelo. Coplas que pasaban de suegra a nuera sin que nadie las escribiera nunca, porque no hacía falta: siempre había alguien cantándolas.

Muchas venían de muy lejos. Entre lo que copió hay romances del ciclo castellano medieval —la vuelta del marido que llega y nadie lo reconoce, entre otros—, con versos que se cantaban en Castilla antes de 1492 y que seguían enteros en la boca de mujeres nacidas en el Egeo, que no habían pisado la península ni tenían intención de hacerlo. Cuatro siglos de transmisión oral y las palabras casi intactas, con el turco y el griego metidos solo en los bordes.

Hemsi hizo además una cosa que a algunos les pareció una traición: les puso piano. Armonizó melodías que nunca habían tenido armonía, pensadas para una voz sola y sin nada debajo. Esa decisión es la que las sacó de allí. Un acompañamiento escrito se imprime, se vende, se compra en otra ciudad y se toca en un salón de París o de Buenos Aires sin haber oído jamás a la mujer que la cantaba. Sin el piano, el cuaderno no habría existido.

Salónica, 1943; Rodas, julio de 1944

De las comunidades donde recogió aquello no queda casi nada. La de Salónica, la mayor del Mediterráneo oriental, fue deportada a Auschwitz en 1943: alrededor de cuarenta y seis mil personas. La de Rodas, unas mil setecientas, fue embarcada en julio de 1944, llevada a Atenas y de allí en tren a Polonia; volvieron unos ciento cincuenta. Hemsi no estaba en ninguno de los dos sitios. Estaba en Alejandría, y en 1957 se fue a París, donde murió en 1975.

Siguió sacando fascículos hasta el final: diez series, sesenta canciones, la última en 1973. Cuarenta y un años publicando cuadernos de una música cuyos dueños habían dejado de existir mientras él corregía pruebas de imprenta.

Me interesa la asimetría. A esas canciones no las salvó ninguna decisión colectiva. Las copió un músico de provincias en un cuaderno pautado, en los años en que todavía se podían oír, sin que nadie se lo encargara. No había institución detrás, ni beca, ni comisión de expertos. Había un hombre con oído y una imprenta propia en un barrio de Alejandría.

Hoy se cantan. «Una pastora yo amí», que salió de aquel trabajo suyo, la han grabado decenas de intérpretes que no sabrían decir quién fue Hemsi. En 1995, Edwin Seroussi publicó en Jerusalén el conjunto de lo que llegó a recoger, más de doscientas melodías, buena parte de ellas nunca impresas: papeles que se quedaron en carpetas mientras él iba eligiendo cuáles entraban en el siguiente fascículo.