El país que contaba en una moneda que no existía

Ensayo
El país que contaba en una moneda que no existía
El Estado tenía el troquel. La gente tenía la boca. Duró más la boca.
Durante buena parte del siglo XX, en España la palabra «peseta» fue, en la conversación normal, una de las menos usadas para hablar de pesetas.
La gente contaba en duros. Un duro eran cinco pesetas, y así iba casi todo lo pequeño: a dos duros el kilo, veinte duros el corte de pelo, cinco duros el pan. Para lo grande se cambiaba de registro: mil pesetas era un talego, un millón era un kilo. Y muchas veces ni eso: se preguntaba «¿cuánto vale?» y se contestaba «trescientas», y nadie necesitaba aclarar trescientas de qué.
Debajo, en boca de los viejos, todavía aleteaban los reales, que eran veinticinco céntimos. Cuatro reales, una peseta. Mi abuela decía reales cuando quería decir «poco», mucho después de que ningún real existiera.
Hasta aquí, curiosidad de anticuario. Lo interesante viene ahora.
La palabra «duro» no estuvo nunca en el dinero
Ni una vez. Ni en una moneda ni en un billete ni en una ley. La pieza de cinco pesetas decía, con todas sus letras, «5 PESETAS». El Estado emitía pesetas, las contaba en pesetas, las cobraba en pesetas y las escribía en pesetas.
Y el país, entretanto, contaba en duros.
Un siglo largo de compras diarias, de regateos, de sueldos comentados en un portal, de precios de casas, de multas, de propinas y de herencias, hechos en una unidad que no figuraba en ningún sitio oficial. No estaba acuñada. No estaba impresa. No estaba legislada. Estaba solo en la boca de la gente.
Y ganó. Cualquiera que comprara pescado en 1985 lo sabe: quien decía «veinticinco pesetas» en el mercado sonaba raro. El número correcto era el que sonaba raro.
De dónde venía el fantasma
El duro no se lo inventó nadie en el siglo XX. Viene del peso duro, el peso fuerte, el real de a ocho: la moneda de plata española que durante casi trescientos años fue, sencillamente, el dinero del mundo. Circulaba en Manila, en Cantón, en Veracruz, en Ámsterdam y en las Trece Colonias. Fue moneda de curso legal en Estados Unidos hasta bien entrado el siglo XIX, y es el abuelo directo del dólar.
O sea que cuando una señora de un pueblo de Asturias pedía dos duros de fabes en 1974, estaba usando, sin saberlo y sin necesitar saberlo, el nombre de la primera moneda global de la historia. Un imperio entero convertido en manera de decir. La palabra sobrevivió al imperio, sobrevivió a la moneda, sobrevivió a la plata, y siguió comprando pan.
Lo que esto dice de las lenguas
Aquí está lo que me interesa de verdad, y por lo que llevo semanas dándole vueltas.
Solemos pensar que las cosas las fija quien manda. Que una lengua la ordenan las academias, que una medida la fija un ministerio, que una moneda la define un banco central. Y en el papel es verdad.
Pero el papel es solo una de las dos capas. Debajo hay otra, hecha de repetición y de costumbre, que no obedece a nadie, que no tiene sede ni presupuesto, y que gana casi siempre a base de tiempo. El Estado tenía el troquel; la gente tenía la boca. La boca duró más.
Se ve en las medidas: quintales, fanegas, arrobas y varas que siguieron organizando fincas y cosechas décadas después de que el sistema métrico fuera obligatorio. Se ve en los topónimos, que resisten cambios de régimen con una terquedad casi geológica. Y se ve, sobre todo, en el español, que atravesó cuatro continentes y quinientos años sin que ninguna autoridad pudiera de verdad decidir cómo se hablaba en cada esquina.
Escribo ciencia ficción, y esto es exactamente el material con el que trabajo. Me pregunto todo el rato qué sobrevive de una civilización cuando se le caen las instituciones. Y la respuesta que encuentro siempre es la misma, y es esta: no sobreviven las leyes. Sobreviven los gestos. La manera de saludar al entrar, el orden de los platos, la costumbre de quedarse sentado cuando ya no queda comida.
Y las palabras que la gente usa para contar lo que tiene.
El final
En 2002 desapareció la peseta. Al duro le dio bastante igual: siguió en los bares y en las obras años y años, traduciendo euros a una moneda que ya no existía, que en rigor no había existido nunca, y que todo el mundo entendía sin esfuerzo.
Hoy ya casi no se oye. Se va con los que lo decían, que es como se van estas cosas: no se prohíben, se dejan de heredar.
Pero conviene apuntarlo antes de que se apague del todo, aunque solo sea por el gusto de dejarlo dicho: durante cien años, un país entero hizo sus cuentas en una moneda que ningún gobierno emitió jamás.
Y le salieron bien.