Existía México antes de la llegada de los españoles: la palabra y la ciudad

4 de octubre de 1824: ese día se promulga la constitución que llama al país Estados Unidos Mexicanos, y desde entonces, cuando alguien me pregunta si existía México antes de la llegada de los españoles, pienso primero en esa fecha y después en una palabra. La palabra es tres siglos más vieja que el país.
Existía México antes de la llegada de los españoles, pero era una ciudad
México era el nombre de un sitio. Mexico-Tenochtitlan, una ciudad en un islote del lago de Texcoco, y sus habitantes se llamaban a sí mismos mexicas. No había un México que fuera de Yucatán a Sonora. Había ciudades con su señor, su templo, sus barrios y sus tierras, lo que en náhuatl se llamaba altépetl, y la gente se sentía de su altépetl antes que de cualquier otra cosa.
En 1428, después de vencer a Azcapotzalco, tres de esas ciudades firmaron una alianza: Tenochtitlan, Tetzcoco y Tlacopan. Los tres lugares donde se dan órdenes, decía su nombre. En menos de un siglo cobraban tributo a buena parte del centro y el sur de Mesoamérica. El Códice Mendoza, pintado pocos años después de la conquista, dibuja pueblo por pueblo lo que cada provincia enviaba: mantas, cacao, plumas, trajes de guerrero. Es un libro de cuentas. Yo lo miro como un inventario de lo que la gente tuvo que entregar.
Lo que quedaba fuera
Muy cerca de Tenochtitlan, Tlaxcala nunca pagó. Llevaba décadas en guerra con los mexicas y en 1519 decidió aliarse con unos recién llegados. Al oeste, los purépechas tenían su propio reino y derrotaron a los ejércitos mexicas cuando intentaron entrar. En Yucatán, las ciudades mayas se gobernaban por su cuenta. Para un tlaxcalteca de 1519, «México» era el nombre del enemigo.
Me cuesta imaginar qué habría contestado esa persona a la pregunta del título. Creo que no la habría entendido.
Cómo una ciudad le dio nombre a un país
Sobre las ruinas de Tenochtitlan se levantó la Ciudad de México, capital de la Nueva España. El nombre se quedó en la ciudad, en el arzobispado, en la Real Audiencia. Tres siglos de documentos lo repiten hasta que se vuelve costumbre.
Cuando llega la independencia, el Acta de 1821 empieza así: «La Nación Mexicana que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido». La firmaban, en su mayoría, criollos, hijos y nietos de españoles, y le atribuían a la nación una edad de trescientos años. Ponían su origen justo en el momento en que dejó de existir la ciudad que le dio nombre.
Tres años después llegó la constitución del 4 de octubre. El nombre de una ciudad mexica pasó a ser el de un Estado federal con fronteras, provincias que nunca habían pagado tributo a Tenochtitlan y millones de personas que no hablaban náhuatl.
De todo lo que se perdió en 1521, la palabra fue lo que más lejos llegó. Hoy la dicen a diario personas que viven a dos mil kilómetros de aquel lago, que ahora está casi seco.