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Helena Wagner
Ciencia ficción literaria en español. Programa Matria.

El español al que Felipe II encargó medir una estrella nueva

· helena
El español al que Felipe II encargó medir una estrella nueva

En noviembre de 1572 apareció una estrella donde no había
ninguna. La historia suele contarla un danés. También la midió, por encargo de Felipe II, un
catedrático de Valencia que llegó a la misma conclusión el mismo año.

Una estrella donde no tocaba

A principios de noviembre de 1572, en la constelación de Casiopea, apareció un punto de luz que
nadie había visto antes. No era discreto: llegó a brillar como Venus y durante un tiempo pudo verse
a plena luz del día. Después fue apagándose despacio y desapareció de la vista unos dieciséis meses
más tarde.

Hoy sabemos qué era, y lo contaré al final, porque es lo de menos. Lo importante es lo que
significaba que estuviera ahí.

La física que se enseñaba entonces separaba el mundo en dos. Aquí abajo, lo terrestre: corrupto,
cambiante, imperfecto. Allá arriba, a partir de la esfera de la Luna, lo celeste: eterno,
incorruptible, hecho de una quinta sustancia que no era ninguno de los cuatro elementos y que no
podía cambiar. Los cometas, que sí cambiaban, se explicaban colocándolos por debajo de la
Luna: fenómenos de la atmósfera, meteorología, cosas de aquí.

Así que la pregunta que había que responder en 1572 no era «qué es eso». Era «a qué distancia
está». Si aquello estaba más cerca que la Luna, no pasaba nada: un fenómeno atmosférico más. Si
estaba más lejos, el cielo acababa de cambiar, y con él, dos mil años de física.

Cómo se mide una estrella sin telescopio

El telescopio no se había inventado. Todo lo que había eran los ojos y unos instrumentos
enormes, cuadrantes y sextantes de varios metros, construidos para medir ángulos con la mayor
precisión posible.

El método se llama paralaje, y es el mismo que usted puede hacer ahora mismo:
levante un dedo, cierre un ojo, ábralo y cierre el otro. El dedo salta sobre el fondo. Cuanto más
cerca esté el dedo, más salta. Un objeto suficientemente lejano no salta nada.

Si la estrella nueva estaba en la región sublunar, tendría que desplazarse respecto a las
estrellas de alrededor a lo largo de la noche, según girase el cielo. Si no se movía ni un ápice,
estaba mucho más lejos que la Luna. En el cielo que no podía cambiar.

Eso es lo que varios astrónomos europeos se pusieron a medir a la vez, cada uno por su cuenta.

El danés: Tycho Brahe

El más famoso es Tycho Brahe, noble danés, el mejor observador del mundo antes
del telescopio. Trabajaba en la isla de Ven, que le había cedido el rey, y allí levantó sus
observatorios y sus instrumentos gigantescos.

Brahe midió la estrella, no encontró paralaje, y publicó en 1573 De nova stella. La
palabra que usó para nombrarla, nova —«nueva»—, es la que seguimos usando cuatrocientos
cincuenta años después.

Su importancia posterior es difícil de exagerar. Cuando murió, sus registros de observación,
los mejores que existían, pasaron a manos de Johannes Kepler, que sacó de ellos
las tres leyes del movimiento planetario; y de las leyes de Kepler salió, más tarde, la gravitación
de Newton. Suele decirse que Tycho puso los ojos, Kepler las matemáticas y Newton
la física.

El valenciano: Jerónimo Muñoz

Mientras tanto, en Valencia, un catedrático llamado Jerónimo Muñoz observaba la
misma estrella. No por afición: se lo había encargado Felipe II.

Muñoz midió las distancias angulares de la estrella nueva a las tres más brillantes de Casiopea,
buscó el paralaje y no lo encontró. Su conclusión fue la misma que la del danés: aquello estaba
más allá de la Luna. Y fue más lejos en las consecuencias, porque escribió
directamente que los cielos y las estrellas no están hechos de quintaesencia, sino que tienen que
ver con los elementos. Es decir: que están hechos del mismo material que nosotros.

Lo publicó en 1573, en Valencia, con un título que hoy despista: Libro del nuevo cometa y
del lugar donde se hacen
. Lo llamó cometa porque en aquel momento «cometa» era la palabra
disponible para cualquier luz nueva en el cielo. Lo que importa no es cómo lo llamó, sino dónde lo
puso: arriba, en la zona donde nada podía cambiar.

El libro no se quedó en casa. Se tradujo al francés al año siguiente, en 1574, y Galileo lo
citaba tiempo después.

Por qué cuento esto

No para repartir medallas. Brahe midió mejor, observó durante más tiempo y dejó un archivo que
cambió la astronomía; Muñoz no tiene ni de lejos ese peso. Ni siquiera hace falta discutir quién
publicó primero: los dos libros son de 1573 y las dos conclusiones son la misma.

Lo cuento porque cuando se narra el momento en que la observación empezó a mandar sobre la
filosofía —que es el momento en que empieza la ciencia moderna—, casi siempre se narra sin esta
parte. Y esta parte existe, está impresa, está fechada y lleva el encargo de un rey en la portada.
No es una reivindicación: es un dato que estaba y que se cuenta poco.

Qué era en realidad

La estrella de 1572 fue una supernova de tipo Ia, y el mecanismo es una de las
cosas más elegantes que conozco.

Una enana blanca —el cadáver denso de una estrella como el Sol— le roba materia a una compañera
cercana. Va engordando. Y cuando alcanza aproximadamente 1,4 masas solares, el
llamado límite de Chandrasekhar, ya no puede sostenerse y se desintegra en una explosión
descomunal.

Lo interesante es que ese límite es siempre el mismo. Todas estallan en el mismo punto exacto y,
por tanto, con un brillo verdadero casi idéntico. Eso las convierte en candelas
estándar
: como sabemos cuánto brillaban de verdad, lo apagadas que las vemos nos dice a
qué distancia están. Son una de las reglas con las que medimos el universo.

De aquella explosión queda un resto, que puede observarse todavía, expandiéndose despacio donde
Brahe y Muñoz apuntaron sus instrumentos.

Me gusta pensar en eso de vez en cuando, porque es la clase de idea que se lleva uno a una
novela sin darse cuenta: saber exactamente lo que algo brillaba, y deducir de lo débil que nos
llega cuánto se ha alejado. Vale para las estrellas. También vale para casi todo lo demás.


Escribo ciencia ficción en español. Si le interesa lo que hago con estas cosas, empiece por
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