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Helena Wagner
Ciencia ficción literaria en español. Programa Matria.

La muda limpia del fondo de la mochila

· revisado el · helena
La muda limpia del fondo de la mochila

Los bidones de agua que se venden en Altar y en El Sásabe, del lado mexicano de la frontera, son negros, y lo son porque el plástico transparente devuelve el sol y ese destello se ve desde un helicóptero. Alguien hizo la cuenta en algún momento de los noventa y montó un comercio con ella. En el desierto de Sonora esos bidones aparecen a cientos, vacíos casi siempre, casi siempre a la sombra de un mezquite.

Quien los cuenta es un proyecto de arqueología. En 2009 el antropólogo Jason De León empezó a trabajar el desierto de Arizona como se trabaja un yacimiento: cuadrículas, fichas numeradas, fotografías con escala al lado del objeto. Lo llamó Undocumented Migration Project y lleva desde entonces catalogando lo que la gente suelta al cruzar. No cerámica de hace mil años. Un cepillo de dientes de la semana pasada.

El desierto no se cruzaba así antes. En 1994 la Patrulla Fronteriza publicó un plan estratégico que se resumía en cerrar los pasos fáciles, los de las ciudades, San Diego y El Paso, y dejar abiertos los difíciles. La idea, escrita en el documento, era que el propio terreno hiciera de disuasión. La gente siguió pasando, ahora por Sonora. Lo que hoy se cataloga en esos arroyos es el rastro material de una decisión administrativa.

El listado es monótono y por eso se lee de golpe: mochilas reventadas, cepillos, desodorante, calcetines, latas de atún, biberones, cartas, estampas de Guadalupe, fotos de carné. También pares de zapatos forrados de moqueta por la suela y atados con cinta, que se venden allí mismo para no dejar huella reconocible en la arena.

Cada una de esas cosas se eligió dos veces. La primera en una cocina, con tiempo, sopesando la mochila con la mano. La segunda tres noches después, cuando el peso ha dejado de ser un cálculo. Entre las dos decisiones caben unos días de camino, y en esos días la palabra imprescindible se vacía y se vuelve a llenar con otra cosa.

Ropa que no servía para el camino

Hay una constante en los inventarios que tardé en entender. Mucha gente carga ropa limpia y cosas de aseo: una camisa doblada, un peine, pasta de dientes, colonia barata. Nada de eso sirve para andar de noche por un pedregal ni para aguantar el sol del día siguiente, y todo pesa. Sirve para después. Para bajarse en una gasolinera de Tucson con cara de no haber dormido cuatro noches en el suelo, para que nadie se gire a mirar. Se hace la mochila pensando en el minuto posterior al desierto.

Me llama la atención el orden en que se suelta. Las latas de atún aparecen tiradas sin abrir y la camisa limpia sigue doblada en el fondo del bulto. Pesa lo mismo un kilo de comida que un kilo de ropa; lo que cambia es para qué día se guarda cada cosa.

Etiquetas de cartón

En 2020 el mismo equipo empezó a montar en universidades y museos una exposición que consiste, sobre todo, en rellenar etiquetas a mano. Más de tres mil doscientas, del tipo que se ata al pie de un cadáver, una por cada persona cuyos restos ha recuperado la oficina forense del condado de Pima desde mediados de los noventa. Llevan escritos el nombre, la edad, la causa de la muerte y las coordenadas del sitio donde apareció el cuerpo. Los voluntarios las escriben a bolígrafo, de una en una, y las clavan en un mapa grande del desierto. Se tarda semanas en montarla.

Una parte de esas etiquetas no lleva nombre; en el mapa se distinguen por el color. De esas personas queda un expediente, un par de coordenadas y, con suerte, una mochila que alguien fotografió con una escala al lado y fichó con un número, con la muda limpia todavía doblada dentro.