La multicopista del Sinaia

El 25 de mayo de 1939, en el muelle de Sète, embarcaron en el Sinaia alrededor de mil seiscientas personas. El barco era francés y antes había hecho la ruta de los peregrinos que iban a La Meca. Los pasajeros venían de los campos de la playa: Argelès, Saint-Cyprien, Barcarès, meses durmiendo sobre la arena detrás de una alambrada. Iban a Veracruz. México había dicho que sí y ellos casi no sabían situarlo bien en el mapa.
Al segundo día de travesía salió el primer número de un periódico.
Se llamaba Sinaia, como el barco. Se hacía con una multicopista: se escribía la plancha, se pasaba el rodillo, salían las hojas con la tinta un poco corrida y el papel áspero. Lo dirigía Juan Rejano, que era poeta y andaba entonces por los treinta y pocos. Colaboraban Pedro Garfias, Manuel Andújar y un chaval de veintitrés años llamado Adolfo Sánchez Vázquez, que acabaría siendo filósofo en la universidad de un país que todavía no había visto.
Lo que ponían dentro
Ponían de todo. Editoriales. Poemas. Las noticias que se recogían por radio, con Europa a punto de romperse otra vez. Avisos prácticos de los que hacen falta cuando mil seiscientas personas comparten cubierta durante tres semanas: horarios, turnos, normas de convivencia. Y clases. Charlas sobre geografía e historia de México, sobre qué se cultivaba allí, qué se comía, cómo se hablaba. Iban a bajar en un puerto desconocido y decidieron llegar sabiendo algo. En el barco viajaban Fernando y Susana Gamboa, enviados por el gobierno mexicano, y parte de esas explicaciones salieron de ellos.
Es la parte que a mí me llama la atención. Nadie les había pedido un periódico. No había suscriptores, ni imprenta, ni un número siguiente asegurado más allá de la fecha de llegada. Toda la tirada se repartía dentro del mismo casco, entre gente que ya sabía lo que pasaba porque estaba pasándole a ella. Un periódico cuyo público entero cabía en el barco que lo producía.
Habían perdido la casa, el trabajo, los papeles, a menudo a la familia repartida en tres países. Lo que les quedaba era el tiempo muerto de una travesía y unas manos que sabían hacer un oficio. Y lo hicieron. Escribir la plancha, pasar el rodillo, doblar las hojas, repartirlas por cubierta. Como si la costumbre de trabajar fuera lo último que se suelta.
La cosa que llega
De aquel viaje se conservan pocas cosas materiales. Las maletas se vaciaron, la ropa se gastó, las cartas se perdieron por el camino o se quedaron en un cajón de Toulouse. El periódico está entero. Se digitalizó y se puede leer número a número, con sus erratas, sus columnas torcidas y la tinta desigual del ciclostil.
Una de las cosas que se imprimieron a bordo fue un poema de Garfias. Lo escribió durante la travesía y lleva dentro los dos sitios a la vez:
España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada.
El barco entró en Veracruz el 13 de junio de 1939. Bajaron por la pasarela, los recibieron con banda, y el periódico dejó de salir ese mismo día.