La sal de Torrevieja se fue a Cuba y volvió hecha habanera

Torrevieja, verano de 1955. En el pueblo se celebra por primera vez un certamen dedicado a las habaneras. Se presentan coros de la comarca y cantan canciones que muchos de los que están escuchando se saben desde pequeños, sin haber estado nunca en Cuba. Las aprendieron de un abuelo, de un tío embarcado o de la taberna del puerto, que es donde se aprendían las cosas que no enseñaba nadie.
Antes de que hubiera certamen, en Torrevieja ya había sal. Las lagunas rosas que hoy se fotografían desde la carretera dieron de comer al pueblo durante siglos. La sal se apilaba en blanco junto al agua y desde las Eras de la Sal bajaba hasta las barcas que la llevaban a los veleros fondeados en la bahía. Una parte de esos barcos ponía rumbo a La Habana. Era una carga humilde y muy pesada, y servía para salar pescado, curar carne y conservar todo lo que en el trópico se pudría en dos días.
Lo que se llevaban y lo que traían
Me interesa la asimetría de aquellos viajes. A la ida, la bodega iba llena de algo que se pesaba por toneladas, se apuntaba en los libros de la aduana y se pagaba al llegar. A la vuelta, los marineros traían otra cosa que no constaba en ningún papel. En los puertos cubanos habían oído un ritmo lento, con un balanceo que recuerda al de un barco parado, y unas letras que hablaban casi siempre de irse o de alguien que se había ido.
La habanera había nacido allí a lo largo del siglo XIX, de la contradanza que llegó de Europa y se fue meciendo en Cuba hasta convertirse en algo distinto. Luego volvió a cruzar el mar. La más conocida la compuso un vasco, Sebastián Iradier, después de pasar por La Habana, y empieza justo con una salida: «Cuando salí de La Habana, ¡válgame Dios!». Se cantó en México, en Europa y en medio mundo. Bizet tomó otra canción de Iradier para su Carmen convencido de que era popular. Así viajan estas músicas: alguien las oye, se las lleva y al poco ya nadie se acuerda de quién las escribió.
Las tabernas del puerto
En Torrevieja las habaneras no entraron por los salones ni por las partituras. Entraron por boca de los marineros. Los hombres que habían pasado semanas en el mar las cantaban en las tabernas del puerto, a varias voces y sin instrumentos o casi sin ellos, porque en un barco no hay piano. Así se quedaron: cantadas en grupo, de pie, con una voz que lleva la melodía y otras que la sostienen por debajo como sostiene el agua un casco.
Lo que más me llama la atención es que eran canciones de despedida y que se cantaban en un pueblo que vivía de despedirse. La mujer que se queda en el muelle, el barco que se aleja, la promesa de volver: no hacía falta explicárselo a nadie en Torrevieja. La canción había salido de Cuba hablando de irse de Cuba y había llegado a un sitio donde cada familia tenía a alguien en otro puerto.
De qué orilla es
El certamen de 1955 siguió celebrándose y fue creciendo. Hoy vienen coros de muchos países y se canta al aire libre en las Eras de la Sal, en el mismo sitio por donde salía la carga hacia los barcos. La música vuelve cada verano al punto de partida de la sal, aunque no sé si quien lo organizó lo pensó así o simplemente era el mejor sitio para cantar con la brisa del mar.
Si se pregunta en Torrevieja, la habanera es de Torrevieja. Si se pregunta en La Habana, es cubana, y a lo mejor les sorprende que en un pueblo de Alicante se canten con tanto cuidado canciones que allí sonaban hace siglo y medio. Las dos respuestas son verdad. Y hay una tercera que no da nadie: la canción es del barco, de las semanas de travesía en las que no estaba en ninguna orilla y unos hombres la repetían para aprendérsela antes de llegar.
La sal se gastó hace mucho. Se deshizo en barriles de pescado y en cocinas cubanas de las que no queda nada, y los veleros desaparecieron con ella. Las canciones que viajaban en el viaje de vuelta siguen ahí, cantadas por gente que no ha subido nunca a un bergantín. Siguen hablando de alguien que se va, como cuando las aprendieron los marineros en el puerto.