¿Servía de algo la llave de la casa de Toledo para pedir la nacionalidad española?

El plazo se cerró el 1 de octubre de 2019, y la respuesta corta es que no: la llave no valía. Ningún notario ni registro civil español podía admitirla. La Ley 12/2015 enumeraba documentos concretos —certificado rabínico, apellidos, exámenes del Instituto Cervantes— y un hierro heredado no estaba en esa lista.
¿Qué pedía entonces la ley?
La Ley 12/2015, de 24 de junio, publicada en el BOE del 25 de junio de 2015, entró en vigor el 1 de octubre de ese año. Daba tres años de plazo, hasta el 1 de octubre de 2018, y el Gobierno lo prorrogó un año más. Pedía dos cosas a la vez: acreditar la condición de sefardí y acreditar una vinculación especial con España.
| Qué había que probar | Con qué se probaba |
|---|---|
| Condición de sefardí | Certificado de la Federación de Comunidades Judías de España o de una autoridad rabínica reconocida en el país de residencia |
| Vinculación con España | Informe motivado sobre los apellidos, conocimiento de ladino o haketía, ketubá con tradición de Castilla, parentesco con quienes se acogieron al decreto de 1924 |
| Lengua | DELE A2 del Instituto Cervantes. Exentos los nacionales de países donde el español es lengua oficial |
| Conocimientos de España | Examen CCSE del Instituto Cervantes |
| Cierre del expediente | Acta de notoriedad ante notario español |
| La llave | Nada |
Hubo un antecedente: el Real Decreto de 20 de diciembre de 1924, que abrió una vía de naturalización a los sefardíes que fueran antiguos protegidos españoles y que expiró el 31 de diciembre de 1930. Casi nadie llegó a tiempo. Los que sí, y sus nietos, aparecen en 2015 como prueba documental de segunda generación: no vale la casa, vale el papel del abuelo.
¿De dónde salieron esas llaves?
El edicto de expulsión se firmó el 31 de marzo de 1492 y daba de plazo hasta finales de julio. Cuatro meses para vender lo que se pudiera, cargar lo que cupiera y salir por Portugal, por el norte de África o por los puertos del Mediterráneo. Cuántos se fueron no lo sabe nadie con precisión: los historiadores manejan cifras que van de cuarenta mil a más de cien mil, y no hay manera de cerrarlas.
La llave iba en el bulto porque en 1492 nadie sabía que aquello era definitivo. Las expulsiones anteriores se habían revocado, los reyes habían cambiado de opinión otras veces, y una casa vendida a la fuerza y a mal precio seguía pareciendo una casa recuperable. La llave era, en ese momento, un documento de propiedad. Después dejó de serlo y siguió pasando de padres a hijos en Salónica, en Esmirna, en Tetuán, en Sarajevo, junto con el apellido y con un castellano que se quedó parado en el siglo XV.
España revocó formalmente aquel edicto en diciembre de 1968, cuatrocientos setenta y seis años después. Para entonces, muchas de las cerraduras que abrían esas llaves llevaban siglos sin existir. Las casas de la judería de Toledo, de Córdoba o de Segovia se derribaron, se reformaron, se partieron en pisos, cambiaron de puerta cuatro o cinco veces.
¿Cuánta gente lo pidió?
El Ministerio de Justicia contabilizó 132.226 solicitudes presentadas antes del cierre del plazo. La mayoría llegó en los últimos meses, con las academias de español de Ciudad de México, Caracas y Bogotá llenas de gente de cincuenta y sesenta años preparando el CCSE. El examen es el mismo que hace cualquier extranjero que quiera nacionalizarse: veinticinco preguntas sobre la Constitución, las comunidades autónomas y la vida cotidiana en España.
Portugal tenía desde 2013 una vía paralela que no exigía exámenes de lengua ni de cultura y que se mantuvo abierta bastantes años más, hasta que se endureció en 2022. Muchas familias probaron por las dos puertas a la vez.
Me interesa lo que pasó con las llaves en ese trámite. Aparecieron. Gente que iba a la notaría llevaba la carpeta con el certificado, el informe de apellidos, el título del Cervantes y, encima de todo, envuelta en un trapo, la llave. Nadie se la pedía y nadie podía anotarla en ninguna casilla. La llevaban igual.
Un objeto se conserva mientras sirve, y luego se tira. Este dejó de servir en 1492 y lo siguieron guardando quinientos veintitrés años, cruzando cinco imperios y dos guerras mundiales, para acabar sobre la mesa de un notario que no sabía qué hacer con él.