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Helena Wagner
Ciencia ficción literaria en español. Programa Matria.

Lo que llevaban en la maleta los niños de Morelia

· revisado el · helena
Lo que llevaban en la maleta los niños de Morelia

27 de mayo de 1937, puerto de Burdeos. Un vapor francés, el Mexique, suelta amarras con 456 niños españoles a bordo. Casi todos llevan una maleta pequeña. Y casi todos llevan en la cabeza la misma cifra, la que les han dado en casa: unos meses, lo que dure la guerra.

La despedida de verdad había sido antes, en España. Las familias no cruzaron a Francia. Se quedaron en los andenes de Valencia o de Barcelona diciendo lo que se le dice a un crío que se va de colonias: que obedezca, que coma, que se lave, que escriba. Nadie se despide para siempre de un hijo de siete años. Así que no lo hicieron.

Llegaron a Veracruz el 7 de junio. De allí fueron en tren a la capital y después a Morelia, en Michoacán, donde el gobierno de Lázaro Cárdenas les había preparado un internado, la Escuela España-México. Por eso se les acabó llamando los niños de Morelia, aunque venían de Madrid, de Valencia, de Barcelona o de Asturias, y aunque muchos se fueron de Morelia en cuanto tuvieron edad.

Un equipaje sin inventario

Llevo días buscando qué había dentro de aquellas maletas y no lo sé. Hay listas de nombres, de edades y de procedencias. Del equipaje no hay nada. Lo que queda es lo que contaron ellos mismos, ya mayores, en entrevistas y en documentales, y en esos relatos salen pocas cosas y todas pequeñas: ropa para una temporada y, a veces, una fotografía de la familia.

Eso es lo que me interesa. Las madres prepararon una ausencia de meses y los hijos tuvieron que estirarla durante décadas con ese mismo equipaje. La ropa se les quedó pequeña enseguida, porque los niños crecen y en Michoacán no hace el frío de Oviedo. Lo que aguantó fue lo que no pesaba nada. Una foto hecha en un estudio de barrio, con la madre muy seria y el padre con el traje de los domingos, que alguien metió en la maleta pensando que serviría para no echarse de menos un verano.

Lo pienso con cierta vergüenza, como si mirase dentro de un armario ajeno. Pero es la misma lógica de cualquier maleta hecha deprisa. Uno mete lo útil para el tiempo que cree que va a durar la ausencia, y el tiempo real decide después qué era lo importante.

La guerra que no acabó a tiempo

La guerra terminó en abril de 1939, y para entonces volver ya era otra cosa. México no reconoció nunca al gobierno de Franco y no tuvo relaciones diplomáticas con España hasta 1977. Algunos niños volvieron, pocos. A otros los esperaba una casa con el padre muerto, preso o huido, o sencillamente no los esperaba nadie. Hubo quien acabó reuniéndose con su familia en el propio México, cuando empezaron a llegar los barcos del exilio. La mayoría se quedó allí para siempre: estudió, trabajó, se casó y tuvo hijos mexicanos.

Hay un detalle que no me quito de la cabeza. El Mexique no llegó a viejo. En junio de 1940 chocó con una mina a la salida del estuario del Gironda, casi en el mismo sitio del que había salido con ellos tres años antes, y se hundió. El barco que se los llevó unos meses desapareció mucho antes de que ellos supieran si iban a volver.

Con los años fueron cambiando también las palabras. Los que habían salido diciendo ahora aprendieron a decir ahorita, y a contestar mande cuando los llamaban. El español que se llevaron de Valencia o de Gijón se fue mezclando con el de Michoacán sin que nadie lo decidiera, igual que se había mezclado antes con otras lenguas en otros barcos.

Así que lo que quedó de aquellas familias fue lo que cabía en un bolsillo, la cara de una madre en un papel que se iba poniendo amarillo, y una manera de hablar que en Morelia sonaba a España y que, a los pocos que volvieron, en España les notaban mexicana.

Lo que llevaban en la maleta los niños de Morelia
Maria de los Angeles Aranda Macias, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons