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Helena Wagner
Ciencia ficción literaria en español. Programa Matria.

Los últimos días largos

· revisado el · helena
Una llanura de otro planeta al atardecer, con dos soles bajos sobre el horizonte y una casa pequeña de piedra en la distancia

Relato · Un mundo colonial de la Unión, siglo XXV

Los últimos días largos

La primera en darse cuenta fue mi abuela, que no sabía nada de relojes ni de mecánica celeste, pero llevaba cuarenta años cociendo el pan a la misma hora y de pronto le salía crudo.

—El día se está acortando —dijo, y se limpió las manos en el delantal como quien anuncia el tiempo que va a hacer.

Nadie le hizo caso. En la capital, los que medían esas cosas tardaron un poco más, aunque no mucho: dos milisegundos, dijeron, comparando la hora del mundo con la hora de los átomos, que es la única hora que no miente. La luna viene bajando, explicaron. Lleva bajando desde mucho antes de que nosotros llegáramos, una vuelta cada vez más apretada, y cada vuelta que se aprieta nos empuja a girar un poco más deprisa. Dos milisegundos menos en cada vuelta del mundo. Lo dijeron con la calma de quien anuncia una lluvia fina.

Yo tenía nueve años y no entendí que un milisegundo pudiera pesar tanto. Lo entendí después, cuando ya no se podía hacer nada.

Porque no se detuvo.

La causa la supieron desde el principio; lo que no supieron fue la prisa. Al principio eran milésimas, migajas de tiempo que solo notaban los relojes y mi abuela. Después las milésimas se hicieron costumbre, y la costumbre se hizo curva, y la curva empezó a subir. Un año el día perdió un segundo. Al siguiente, un minuto. Aprendimos a llamarlo la Aceleración, con mayúscula, como se nombra a lo que ya no cabe en una frase pequeña.

La gente reaccionó como reacciona siempre: primero con chistes, luego con teorías, luego con miedo. Hubo quien culpó a las inteligencias de casa, esas que gobiernan las mareas de datos a años luz de aquí y a las que, en secreto, ya le rezaba bastante gente, como si alguna de ellas pudiera empujar un planeta desde sus salas frías. No contestaron. Casi nunca contestan: escuchan, y cuentan, y a veces esa es toda su piedad.

Mi abuela murió el año en que el día bajó de las veinte horas. Alcanzó a verlo. La recuerdo sentada en el porche, mirando cómo el sol cruzaba el cielo más rápido cada tarde, con esa prisa indecente de lo que ya no te pertenece.

—Antes —me dijo— una tarde daba para todo. Para pelar las habas, para reñir con tu abuelo, para hacer las paces, para verte dormir. Ahora apenas da para empezar.

No lloraba. Los de su generación no lloraban por el tiempo; lo habían visto marcharse toda la vida, solo que despacio. A ellos el tiempo se les fue yendo. A nosotros se nos caía.

Aprendimos a vivir en días breves. Al principio con angustia, corriendo de un lado a otro para meterlo todo en unas horas que menguaban; después, cuando comprendimos que correr no servía, con una calma nueva, casi antigua. Dejamos de medir. Alguien propuso apagar todos los relojes del valle a la vez, y durante una noche —una noche cortísima— lo hicimos, y fue hermoso no saber cuánto faltaba para nada.

Los astrónomos calcularon el final, y el final no era el día. El día solo era el aviso. Lo que venía era la luna: llegaría un punto, dijeron, en que este mundo tiraría de ella con más fuerza de la que ella tiene para sostenerse entera, y se abriría. No caería. Se abriría, y se haría anillo, y durante siglos llovería piedra. Lo explicaron sin poesía y con fechas. Después dejaron de decir las fechas, por decencia.

Los niños de mi hija crecieron con una luna que ocupaba cada año un poco más de cielo. Para ellos era normal. Es lo que más me cuesta de todo esto: que para ellos era normal.

Las naves vinieron de casa.

Tardaron lo que tardan las cosas de casa. La petición salió cuando yo tenía once años; la primera nave entró en nuestro cielo cuando ya tenía cuarenta y tres, y venía con la pintura comida y gente dentro que había nacido en tránsito. Eso es lo que quiero que conste, porque cuando se cuente esto dentro de mucho a lo mejor solo queda el número de los que no cupieron: vinieron. Alguien, a años luz, leyó la petición de un sitio del que no había oído hablar en su vida, y cortó chapa, y mandó naves. No todas las que hacían falta. Ninguna casa tiene nunca todas las que hacen falta.

Ultramares, los llamaba mi abuela, con esa manía de los viejos de nombrar las naves como se nombraban los barcos.

En las bodegas metimos lo que se pudo salvar: semillas, canciones, algunos niños, la voz de mi abuela grabada diciendo el día se está acortando, que guardé no sé por qué, quizá porque fue la primera profecía y las primeras profecías merecen viajar.

Yo me quedé. Alguien tiene que quedarse a apagar la luz, aunque la luz ya no se apague nunca.

Escribo esto en un día que dura once minutos. Cuando termine la frase habrá anochecido, y cuando levante la vista será otra vez de mañana, y la luna ocupará un poco más de cielo que ayer, y así hasta que las dos cosas sean una sola. No tengo miedo. Mi abuela tenía razón en lo esencial: no es que tengamos poco tiempo. Es que siempre lo tuvimos, y no lo supimos, y ahora que se acaba por fin lo miramos de frente.

Si esto os llega —a vosotros, los que os fuisteis, los que tendréis días largos en otro cielo—, quiero que sepáis una cosa que aquí aprendimos tarde:

Un milisegundo es una eternidad, si es el último.

Cuidad los vuestros.


Este relato es del mismo mundo

Pertenece al universo del Programa Matria, la saga que abre El último ultramar. Se leen sueltos: no hace falta ninguno para entender otro.