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Helena Wagner
Ciencia ficción literaria en español. Programa Matria.

Nadie celebra las partidas

· helena

Nota · 3 de agosto

Nadie celebra las partidas

Se conmemora el día en que llegaron. De la mañana en que se fueron no se acuerda casi nadie.

El 3 de agosto de 1492, media hora antes de que saliera el sol, tres barcos soltaron amarras en Palos de la Frontera. Iban dentro unos noventa hombres. Casi ninguno sabía leer y ninguno sabía adónde iba.

Del 12 de octubre se acuerda todo el mundo, para bien y para mal. Del 3 de agosto, nadie. Y sin embargo el 3 de agosto es el día interesante, porque el 12 de octubre ya sabían algo y aquella madrugada de agosto no sabían nada.

Me interesa esa asimetría más de lo que debería. Las llegadas tienen fecha, testigos y discusión. Las salidas no tienen nada: un muelle, gente de espaldas y alguien que se queda mirando hasta que el barco es un punto y luego ni eso.

Además, aquella no fue ni siquiera una salida limpia. Fueron primero a Canarias, a arreglar un timón que ya daba guerra, y se quedaron allí semanas. La travesía de verdad no empezó hasta septiembre. Los principios casi nunca empiezan el día que dice el calendario.

Lo del lema vino después, por cierto. Plus ultra —más allá— se lo puso otro rey, un cuarto de siglo más tarde, cuando ya se sabía que había algo detrás. Es fácil escribir «más allá» encima de un mapa cuando ya conoces el borde. Lo difícil es soltar amarras un viernes de madrugada sin saber si el borde existe.

Escribo sobre naves que tardan siglos en llegar. Gente que se acuesta a dormir sabiendo que despertará cuando todo lo que conoce lleve mil años muerto. Y todas mis historias, sin que yo lo planee, empiezan en el mismo sitio: un muelle, alguien que sube y alguien que levanta la mano.

Porque una partida es la única ceremonia que celebramos sin saber cómo acaba. En una boda te haces una idea. En un entierro, desde luego. En una despedida de puerto no: los que se van no saben si llegarán y los que se quedan no saben si volverán a verlos, y aun así los dos se ponen guapos y bajan al muelle.

De los que se quedaron aquella madrugada no sabemos casi nada. No hay lista. Las madres, las mujeres, los críos y los acreedores de noventa hombres no constan en ningún sitio. Y son la mitad exacta de la historia, porque no hay nadie que se vaya sin que alguien se quede.

Esa mitad es la que a mí me toca escribir. La otra ya la ha contado todo el mundo.