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Helena Wagner
Ciencia ficción literaria en español. Programa Matria.

Nadie enseñó el español que se habla en Zamboanga

· revisado el · helena
Nadie enseñó el español que se habla en Zamboanga

El 23 de junio de 1635 se colocó la primera piedra del fuerte del Pilar, en la punta suroeste de Mindanao. Lo trazó un jesuita, Melchor de Vera, que sabía de fortificaciones. La obra la levantaron gente traída de Cebú, de Bohol, de Panay, y soldados llegados de la península y de Nueva España. Ninguno de ellos hablaba la lengua del de al lado.

Hacía falta entenderse para pasar una piedra, para cobrar, para vender pescado en la puerta del fuerte. Y ahí, en ese apaño de todos los días, empezó a cuajar algo: las palabras del castellano, que era la lengua del que mandaba, metidas dentro de la gramática de los que trabajaban. Nadie escribió una norma. Nadie abrió una escuela. Se hizo solo, como se hace un camino en la hierba cuando mucha gente pasa por el mismo sitio.

Eso se sigue hablando hoy. Se llama chabacano, y en el censo del año 2000 lo declararon como lengua de casa unas trescientas sesenta mil personas.

Cómo suena

El vocabulario es casi todo español y el esqueleto no lo es. El tiempo del verbo no va dentro del verbo, va delante, en una partícula suelta: ya comé yo es «comí», ta comé yo es «como», ay comé yo es «comeré». El verbo no se mueve. Se queda quieto y lo que cambia es la palabra que lleva al lado, igual que en las lenguas de la isla.

Y hay una cosa que el español no tiene y ellos no soltaron. En chabacano hay dos maneras de decir «nosotros»: kita, que te incluye a ti, y kame, que no. Si alguien dice kame ya sabes que estás fuera de eso. Se quedaron con el diccionario entero de un imperio y no cedieron esa distinción, que es la de quién está dentro y quién no.

Los vacíos

En 1663 la guarnición se marchó. Manila tenía miedo de Koxinga, el señor de la guerra que acababa de echar a los holandeses de Taiwán, y llamó a los soldados de vuelta para defender la capital. El fuerte quedó abandonado más de cincuenta años; no se volvió a poner en pie hasta 1718. No sé —y los lingüistas tampoco se ponen de acuerdo— si la lengua que se habla hoy viene de aquellos primeros años o si volvió a empezar de cero con la segunda guarnición. Me interesa igual: en cualquiera de los dos casos, la hizo la misma clase de gente por la misma razón.

Después llegó el vacío grande. Con los americanos, a partir de 1899, el español se apagó en Filipinas en dos generaciones: la escuela pasó al inglés y los que enseñaban castellano dejaron de enseñarlo. Se apagó precisamente lo que sí se había decretado, lo que tenía cátedras, gramáticas y boletín oficial. Lo que aguantó fue lo que no dependía de ningún ministerio, porque nunca lo había tenido.

El 10 de marzo de 1945 desembarcaron en Zamboanga las tropas de la 41.ª División y la ciudad quedó deshecha. Ese mismo año, en Manila, el barrio de Ermita se borró del mapa en el asalto a la capital, y con el barrio se fue su chabacano, el ermitaño, que ya casi no tenía hablantes. Una variante murió en 1945 y otra no. La diferencia no fue el prestigio ni la escritura ni los libros. Fue cuánta gente salió viva y se quedó a vivir en el mismo sitio.

El nombre

Lo que más me llama de todo esto es cómo se llama. Chabacano, en castellano peninsular, quiere decir vulgar, de mal gusto, tosco. Es el juicio del que la oía desde arriba y le parecía un español estropeado. Los hablantes se quedaron con el insulto y lo usan sin rebajarlo, como quien se queda con el mote del colegio y acaba firmando con él.

La primera vez que un maestro entró en un aula de Zamboanga con la obligación de enseñar en chabacano fue en 2012, cuando el Departamento de Educación filipino lo metió entre las primeras doce lenguas de su programa de enseñanza en lengua materna. Casi cuatrocientos años después de la primera piedra del fuerte. Hasta entonces se había transmitido entero por el único sitio por el que había pasado siempre: la casa, el mercado, el patio.