Nueve años dentro de una maleta

El 19 de junio de 1936, Federico García Lorca terminó de escribir La casa de Bernarda Alba. La había escrito por encargo: una actriz, Margarita Xirgu, le había pedido un papel trágico.
Dos meses después lo fusilaron.
La obra se estrenó el 8 de marzo de 1945, en el Teatro Avenida de Buenos Aires. Nueve años después. La montó ella.
Lo que me interesa de esta historia no es ninguna de las dos fechas. Es el trozo de en medio.
Durante nueve años, esa obra fue solo papel. Papel que alguien tuvo que guardar cuando había que quemar papeles. Papel que cruzó una frontera dentro de algo, una maleta, un baúl, un envoltorio de otra cosa. Papel que estuvo en casas que no eran la suya, en ciudades donde su autor no había estado.
No sé quién lo llevó. Hay versiones y no me convence ninguna del todo. Lo que sí sé es que hubo personas concretas, con nombre, que en algún momento de esos nueve años tuvieron ese fajo en las manos y decidieron no deshacerse de él.
Eso es una decisión que se toma varias veces, no una. Cada mudanza es una decisión. Cada registro es una decisión. Cada vez que hay que aligerar el equipaje.
Pienso en la asimetría: él escribió la obra en unos días de junio, encerrado, y luego hubo gente dedicando años a que esas hojas siguieran existiendo. Hay más horas humanas en la conservación que en la escritura.
A la gente se le pierde casi todo. Se pierden las casas, los muebles, las fotografías, los idiomas, los apellidos escritos como se escribían antes. Lo que sobrevive casi nunca es lo más valioso: es lo que era pequeño, lo que cabía, lo que alguien metió entre la ropa.
De Lorca sobrevivió mucho porque escribía en todas partes. Dibujaba dentro de las cartas. Mandaba poemas a gente que los guardó en cajones. Repartió su obra por docenas de casas sin pretenderlo, y por eso se salvó tanto.
Y hay una cosa suya de 1936 que no se salvó. Estaba escribiendo una novela. Se llamaba La bola negra y quedan cuatro páginas. El resto desapareció en algún momento de aquellos meses.
Cuatro páginas se salvaron y las demás no. Probablemente estaban juntas.
Eso es lo que hace el azar con los papeles de los muertos: no elige por valor. Elige por dónde estaba cada cosa el día que hubo que salir corriendo.