¿Por qué los isleños de Luisiana siguieron cantando décimas en español cuando ya no lo hablaban en casa?

Porque una décima se aprende entera, y lo que se aprende entero no hace falta entenderlo en la conversación de cada día para poder repetirlo. Los isleños, descendientes de los unos 2.000 canarios que llegaron a la Luisiana española entre 1778 y 1783, fueron dejando el español en casa a lo largo del siglo XX. Las coplas de diez versos siguieron cantándose. Durante décadas, Irván Pérez las cantó en St. Bernard con palabras que ya casi nadie a su alrededor usaba.
Tengo apuntada una fecha: 1991. Ese año el National Endowment for the Arts le concedió a Irván Pérez una National Heritage Fellowship como cantador de décimas. Había nacido en 1923 en Delacroix Island, un caserío de pescadores y tramperos en el borde pantanoso de la parroquia de St. Bernard, al sureste de Nueva Orleans. Murió en 2008, tres años después del Katrina.
¿Quiénes eran los isleños y cómo llegaron a Luisiana?
Luisiana pasó a manos españolas en 1763. Para poblarla y defenderla frente a los británicos, la Corona reclutó en Canarias soldados para el regimiento de la colonia, y los soldados viajaron con sus familias. El gobernador Bernardo de Gálvez los repartió en varios asentamientos. Solo uno aguantó como comunidad hasta el siglo XX.
| Asentamiento | Dónde | Qué fue de él |
|---|---|---|
| Tierra de Bueyes (Terre-aux-Boeufs) | Actual parroquia de St. Bernard | Núcleo isleño que llegó al siglo XX con la lengua y las décimas |
| Galveztown | Junto al río Amite | Abandonado; la población se dispersó |
| Valenzuela | Bayou Lafourche | Absorbido por la población francófona cajún |
| Barataria | Al sur de Nueva Orleans | Abandonado tras los huracanes de los primeros años |
En 1803 Luisiana pasó a Francia y enseguida a Estados Unidos. Los isleños de St. Bernard se quedaron donde estaban, en tierras bajas de agua y cañizo, viviendo de la pesca, las trampas y la caza de patos. Esa distancia es la que les guardó el español durante más de un siglo.
¿Qué es exactamente una décima?
Es una estrofa de diez versos de ocho sílabas con rima fija, abbaaccddc. La forma quedó fijada en Diversas rimas de Vicente Espinel, publicado en 1591, y por eso se la llama también espinela. Viajó a Canarias y de allí a Cuba, a Puerto Rico, a Venezuela y a Luisiana. Los isleños la cantaban sin instrumentos, a una sola voz, en reuniones y en las cantinas del bayou.
Había dos clases. Unas venían de las islas, con romances y temas antiguos. Otras se compusieron en Luisiana, sobre cosas de allí: el trabajo en los pantanos, las temporadas de trampa, sucesos del pueblo. Me interesa esa segunda clase más que la primera. Quiere decir que durante mucho tiempo el español de St. Bernard no se limitó a conservarse, que seguía sirviendo para contar lo que pasaba.
¿Cuándo dejaron de hablar español los isleños?
No hubo un día concreto. Hubo presiones que se fueron sumando a lo largo del siglo XX:
- La escuela obligatoria en inglés, donde a los niños no se les dejaba hablar otra cosa.
- La inundación de 1927, cuando se voló el dique de Caernarvon para salvar Nueva Orleans y el agua se llevó las casas de St. Bernard.
- El servicio militar en la Segunda Guerra Mundial, que sacó a los jóvenes de los pantanos.
- El huracán Betsy en 1965 y, mucho después, el Katrina en 2005, que dispersaron lo que quedaba de la comunidad.
El lingüista John M. Lipski estudió el habla de los isleños en los años ochenta, y los hablantes que encontró ya eran pocos y casi todos mayores. Su libro sobre el tema salió en 1990. Los hijos de esos hablantes entendían algo; los nietos, ya casi nada.
¿Cómo aguanta una lengua en unas coplas cuando ya no se usa en casa?
Lo que sé lo sé por lo que se grabó. Samuel G. Armistead, el filólogo que dedicó la vida al romancero, recogió décimas y romances isleños en St. Bernard en los años setenta y ochenta, y los publicó en 1992 en The Spanish Tradition in Louisiana. En esas grabaciones se oye un español canario del XVIII con palabras que en Canarias ya se habían ido perdiendo y préstamos del inglés y del francés de Luisiana metidos por el camino.
La décima tiene algo de caja cerrada. La métrica y la rima obligan a recordar cada palabra exactamente: si se cambia una, el verso cojea y cualquiera que la haya oído antes lo nota. Una conversación se adapta a quien la escucha. Una copla se repite igual o se pierde. Por eso aguantó en ella un vocabulario que en la cocina de las mismas casas ya se había cambiado por el inglés.
Irván Pérez aprendió las décimas de su padre y de los mayores de Delacroix, y siguió cantándolas cuando ya casi nadie de su edad las sabía. Las cantó en festivales, en escuelas y para quien fuera a grabarlo. Se las enseñó a su hijo. Hay algo que me detiene en eso: un hombre que canta en una lengua que su público ya no entiende del todo, y la gente se queda a escucharlo igual, porque reconoce la música de sus abuelos aunque haya perdido las palabras.
El museo de Los Isleños, en St. Bernard, sigue organizando cada año una fiesta con décimas. En Canarias la cantan todavía los decimistas de las islas, con otra música y otras palabras. Las de Delacroix Island se han quedado en las cintas de Armistead y en la voz de Irván Pérez, con los pantanos, las trampas y los patos que ya no están.