¿Qué era una carta de llamada y por qué sin ella no se entraba en Argentina?

Una carta de llamada era un papel firmado por alguien ya instalado en América, en el que declaraba el parentesco con quien quería venir y se comprometía a mantenerlo y alojarlo. Se legalizaba ante el consulado argentino y, desde los años treinta, sin ella la Dirección de Inmigración no daba el permiso de desembarco. Era un aval económico. El pasaje iba aparte.
Antes no hacía falta nada parecido. La ley 817 de 1876, la de Avellaneda, definía al inmigrante como el extranjero menor de sesenta años, con oficio, que llegara en segunda o tercera clase, y le reconocía alojamiento por cuenta del Estado durante cinco días. Con eso se entraba. La crisis del treinta cerró la puerta: un decreto de 1932 impuso una tasa de desembarco y el aval de un pariente residente, y en 1938 el permiso pasó a depender de la Dirección de Inmigración, que estrechó el círculo a los parientes directos.
¿Quién podía firmar una carta de llamada?
Un pariente que pudiera probar dos cosas: que trabajaba y que tenía dónde meter al recién llegado. El grado de parentesco importaba y fue importando cada vez más: hermanos, hijos, padres, cónyuges. El primo y el vecino del pueblo, que en los años veinte servían de puente sin que nadie mirara el papel, dejaron de valer.
| Elemento del trámite | Qué suponía |
|---|---|
| Quién firma | Pariente residente, con domicilio y trabajo acreditados |
| Qué declara | El parentesco exacto y el compromiso de manutención y alojamiento |
| Dónde se valida | Ante autoridad local o escribano y después en el consulado argentino |
| Qué se pagaba | Sellos y legalizaciones y, desde 1932, la tasa de desembarco |
| Qué no cubría | El billete: lo mandaba el llamante o se compraba fiado al consignatario |
| Quién decidía | Desde 1938, la Dirección de Inmigración |
¿Se pedía lo mismo para embarcar a La Habana?
No. Cuba hizo durante tres décadas lo contrario: una ley de inmigración de 1906 destinó dinero público a subvencionar la llegada de familias europeas, y con el azúcar en alza el que desembarcaba encontraba trabajo antes de deshacer el baúl. Se calcula que entre 1902 y 1930 entraron en la isla cerca de 800.000 españoles, en buena parte gallegos, asturianos y canarios. Allí la llamada no era un trámite consular sino un sobre con el pasaje dentro.
El freno llegó el 8 de noviembre de 1933, con la Ley de Nacionalización del Trabajo, la que todo el mundo llamó del cincuenta por ciento: la mitad de la plantilla de cualquier negocio tenía que ser cubana. Muchos de los que ya estaban se volvieron o siguieron viaje a Buenos Aires, donde para entrar hacía falta el papel.
¿Dónde se conservan hoy esas cartas?
En tres sitios distintos, y eso explica que sea tan difícil reconstruir una familia entera. Los expedientes administrativos —la carta legalizada, con sellos— quedaron en los legajos de la Dirección Nacional de Migraciones y en los archivos consulares. Los datos de llegada, en las listas de pasajeros que custodia el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos en Buenos Aires, con entradas desde 1882. Y la correspondencia privada, la que iba y venía al margen del trámite, está sobre todo en el Arquivo da Emigración Galega del Consello da Cultura Galega, en los archivos provinciales y en cajas de zapatos que alguien decidió no tirar.
¿Qué hay escrito ahí, además del trámite?
El papel del consulado no lo escribía el que firmaba. Lo escribía un escribiente, un vecino con letra, a veces el mismo que en el pueblo leía las cartas en voz alta a las madres. Por eso el trámite suena igual en todas: parentesco, domicilio, jornal, compromiso.
Lo que no suena igual es lo que va alrededor. En las que he leído, el emigrante y el que se quedaba se escribían dos folios al año durante treinta, y en esos folios cabe media vida contada en un orden raro: primero la salud, después el dinero, y solo al final, cuando ya no queda margen, la cama que hay que comprar, una foto que no llega, un encargo de lana, un no le digas nada a madre. La fórmula de apertura se repite tanto que ya no se lee: deseo que al recibo de esta te encuentres bien de salud, la mía buena gracias a Dios. Se lee lo que viene detrás.
La asimetría que me interesa es esa. La conversación duró tres décadas y se conserva entera por casualidad, pero el documento que un Estado guardó a propósito, el que iba a durar, es el que estaba dirigido a un funcionario.
