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Helena Wagner
Ciencia ficción literaria en español. Programa Matria.

Tiangge: la palabra que cruzó el Pacífico en el galeón

· revisado el · helena
Tiangge: la palabra que cruzó el Pacífico en el galeón

El 8 de octubre de 1565 entró en la bahía de Acapulco el San Pedro, un galeón que había salido de Cebú a primeros de junio. Venía con la tripulación agotada y con algo que nadie había conseguido hasta entonces: el camino de vuelta. Andrés de Urdaneta, fraile agustino y marino viejo, había subido hacia el norte hasta dar con los vientos que empujaban hacia América. Desde ese otoño y durante dos siglos y medio, casi todos los años, salió de Manila un barco hacia Acapulco y otro hizo el camino contrario.

De aquellos viajes suele contarse la carga. Seda china, porcelana, especias y marfil hacia México; plata de las minas americanas hacia Manila. Cuando el galeón fondeaba en Acapulco se montaba una feria que llenaba de comerciantes llegados de la capital un puerto que el resto del año apenas tenía vida. Yo leo esas listas de mercancías y siempre me fijo en lo que falta en ellas.

Los que no volvieron

En el viaje de Acapulco a Manila iban soldados reclutados en Nueva España, grumetes, frailes, cocineros y también condenados a los que se les cambiaba la pena por el destierro. Muchos no regresaron nunca. Se quedaron en Manila, en Cavite, en los presidios del sur, y con ellos se quedaron las palabras que habían aprendido de niños en los mercados de México o de Puebla.

Una de ellas es tianquiztli, que en náhuatl quiere decir mercado. Los castellanos de México la oyeron, la usaron hasta gastarla y la dejaron en tiangue. En Filipinas acabó escrita tiangge, y así sigue. En Manila un tiangge es una feria de puestos, muchas veces de temporada, donde se compra ropa, adornos de Navidad o lo que haga falta. El de Greenhills, en San Juan, lleva décadas siendo famoso.

Lo que me llama la atención es lo que pasó en la otra orilla. En México la palabra siguió su camino y hoy casi todo el mundo dice tianguis. La forma que se subió al barco, la de los soldados y los cocineros, se quedó en Filipinas, y el diccionario de la Academia todavía guarda tiangue con la marca de allí. Quien quiera oír cómo se decía mercado en el México del siglo XVI tiene que ir a buscarlo a Manila.

Lo que viajó con la comida

No viajó sola. Sili es el chīlli náhuatl, y en Filipinas nombra la guindilla. Kamote viene de camohtli, el boniato. Singkamas es la jícama, xicamatl; sayote es el chayote, chayohtli. Tsokolate es lo que se bebe espeso por la mañana. Ninguna llegó en un libro. Llegaron con la planta o con el guiso, en la boca de quien sabía cocinarlo, y el nombre se quedó pegado a la cosa porque nadie tenía otro mejor.

Hubo viaje de vuelta. En Colima, en la costa mexicana del Pacífico, todavía se vende por la calle la tuba, el vino de palma que llevaron los filipinos que desembarcaron del galeón y se quedaron allí trabajando los cocoteros. Se sirve en vaso, con fruta picada y cacahuete por encima. La palabra es filipina, y quien la pide en un puesto de Colima no tiene por qué saberlo.

Me interesa que nadie decidiera nada de esto. No hubo academia, ni maestro, ni orden del virrey. Me imagino a un soldado recién llegado preguntando dónde estaba el tiangue y a alguien en Cavite entendiéndole, y repitiéndolo, y enseñándoselo a sus hijos sin pensar de dónde venía. Lo que aquella gente se llevó al otro lado del océano cabía en un baúl: algo de ropa, una estampa, quizá un rosario. Las palabras iban aparte y no pagaban flete.

El último galeón zarpó de Acapulco en 1815. México estaba en guerra y el comercio del Pacífico ya no salía a cuenta. Para entonces el tiangge llevaba mucho tiempo siendo de Manila.