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Helena Wagner
Ciencia ficción literaria en español. Programa Matria.

Estoril, 1948: cuando Lorca se sentó con un Borbón

· revisado el · helena
Estoril, 1948: cuando Lorca se sentó con un Borbón

En agosto de 1948, don Juan de Borbón se reunió con
Franco en un yate y cinco días después sus representantes firmaron un pacto con los socialistas en
el exilio para derribarlo. Este relato ocurre unas semanas más tarde, en su casa de Estoril, y la
visita que recibe no ocurrió nunca. Segunda entrega de La bola blanca.

La carpeta tenía dos documentos y Nicolás Aguirre los había archivado él mismo, con quince días de diferencia, en el mismo cajón.

El primero era una nota de tres líneas sobre una conversación a bordo de un barco, frente a San Sebastián, el 25 de agosto. El segundo era el borrador de un acuerdo firmado en San Juan de Luz el 30, con unos señores que querían tumbar al hombre del barco. Nicolás tenía veintiséis años, una letra excelente y la costumbre de no preguntar. Pero había mirado las dos fechas juntas más de una vez, y cada vez le había pasado lo mismo por dentro, y cada vez se le había pasado.

Aquella mañana sacó la carpeta del cajón, la dejó encima de la consola del vestíbulo porque no tenía dónde ponerla, y se fue a abrir las contraventanas del despacho. Olía a mar y a pino. En Estoril olía siempre a eso.

—¿A qué hora llegan? —dijo don Juan desde el pasillo.

—A las once, señor.

—¿Los dos?

—Los dos.

Don Juan apareció en la puerta con el periódico bajo el brazo. Tenía treinta y cinco años y esa cara de estar esperando desde hace mucho que se le puede quedar a un hombre para siempre.

—¿Tú lo has leído?

—¿A él?

—A él.

—En el colegio, señor. Un poema del jinete.

—¿Y?

Nicolás pensó la respuesta más rato del que le habría gustado.

—Lo recuerdo.

—Pues ya es más de lo que se puede decir de casi todo —dijo don Juan, y se fue a sentar.


Llegaron a las once y diez. Ella se llamaba Amelia Sanz de Otero, llevaba la compañía desde Buenos Aires y era la que había insistido durante dos años para que aquello ocurriera. Él venía detrás, con un traje que le quedaba grande y la cara de haber dormido mal en un tren.

Nicolás se sorprendió. Había supuesto algo más alto.

Se sentaron los cuatro. Amelia había traído carpetas y las fue repartiendo: las giras del 46 y el 47, los números de Montevideo, las cifras de Bogotá, la lista de los sitios donde había funcionado y la lista, más corta, de los sitios donde no. Hablaba deprisa y bien. Don Juan la escuchó entera sin interrumpirla, que era una cosa que sabía hacer y que Nicolás le había visto hacer solo con la gente que le interesaba de verdad.

Federico no dijo nada en veinte minutos. Miraba el jardín.

—Entonces lo que ustedes quieren es papel —dijo don Juan al final.

—Papel y que nos dejen entrar —dijo Amelia—. El papel se compra. Entrar, no.

—Entrar dónde.

—En los ministerios de instrucción. En veinte países. Que los libros que imprimamos no sean libros de una compañía de teatro, sino los libros con los que un niño aprende a leer, y que sean los mismos en Granada que en Montevideo. Eso no lo firma una empresa. Eso lo tiene que pedir alguien a quien no se le pueda decir que no.

—Y ese soy yo.

—Usted tiene el apellido.

—Tengo el apellido y no tengo nada más —dijo don Juan—. Eso lo sabe usted también.

—Lo sé. Por eso he venido.

Nicolás escribía. Tenía la libreta apoyada en la rodilla y una caligrafía que en la casa se elogiaba en voz alta cuando había visitas.


Fue entonces cuando Federico dejó de mirar el jardín.

—Perdone —dijo—. Antes de seguir tengo que decir una cosa y prefiero decirla ahora que a la mitad.

Don Juan esperó.

—En el treinta y seis usted intentó alistarse con ellos.

Amelia se puso muy quieta. Nicolás levantó la pluma del papel sin darse cuenta de que la levantaba.

—Sí —dijo don Juan.

—Lo devolvieron.

—Me devolvieron.

—Pero fue usted.

—Fui yo.

Lo dijo sin bajar la voz y sin adornarlo, y Nicolás, que llevaba dos años en la casa, entendió en ese momento que a aquel hombre lo habían educado para no mentir en las cosas grandes, aunque mintiera todos los días en las pequeñas, y que las dos cosas cabían en la misma persona sin rozarse.

—Aquel agosto —dijo Federico— estuve una noche en una casa de Víznar, arriba de Granada, esperando a que me subieran a un camión. Y un amigo mío se murió el año siguiente en el norte, peleando contra los que usted quiso acompañar. No le pido que se disculpe. No serviría de nada y además no me lo creería. Solo quiero que las dos cosas estén dichas encima de esta mesa antes de que hablemos de papel.

—Están dichas.

—Bien.

—¿Y aun así se sienta usted aquí?

—Aun así me siento aquí.

—¿Por qué?

Federico se encogió de hombros con una naturalidad que a Nicolás le pareció casi grosera.

—Porque usted es el único que puede abrir esa puerta, y yo llevo doce años empujándola.


Hubo un silencio de esos que en una casa con criados se llenan solos. Trajeron café. Don Juan echó dos azucarillos y removió mucho rato.

—Voy a decirle yo también una cosa desagradable —dijo—, para que quedemos en paz. A mí usted me sirve porque lo mataron.

Amelia hizo amago de hablar. Federico le puso dos dedos en el brazo.

—Siga.

—Casi lo mataron, perdón. Es igual: para el que lo lee desde fuera es lo mismo. Usted es el hombre al que aquella gente quiso matar y no pudo, y eso vale en América más que cualquier cosa que yo pueda decir de mí mismo. Si yo voy solo, soy un señor sin trono pidiendo favores. Si voy con usted, soy otra cosa. No sé todavía qué, pero otra cosa. —Dejó la cucharilla—. Lo sabe usted tan bien como yo.

—Lo sé.

—¿Y no le molesta?

—Me molesta muchísimo —dijo Federico—. Pero llevo doce años viendo cómo el idioma se parte en dos. Aquí una mitad y allí otra, y cada año que pasa se entienden un poco peor, y los que mandan a los dos lados están encantados, porque una lengua partida es dos lenguas pequeñas y con las pequeñas se puede. Yo no tengo ninguna manera de impedir eso. Usted tiene una. Es mala, y es la única.

—¿Y qué gano yo?

—Usted ganará lo que gane. Eso no es asunto mío.

—Sí que lo es.

—No —dijo Federico—. Yo no voy a pedirle nada a España, ni voy a ir, ni voy a firmar un papel que diga quién debe gobernarla. Usted haga su carrera, que la hará, y yo no pienso opinar. Lo que yo quiero está al otro lado y no tiene nada que ver con quién se sienta en qué sitio.

—Entonces dígalo claro. ¿Qué quiere?

Y ahí Federico lo dijo, y lo dijo mirando a la taza, sin darle ninguna importancia, como quien dice una cifra:

—Usted a mí no me sirve para volver a España. Usted a mí me sirve para no perder América.

Nicolás lo oyó perfectamente. Estaba a tres metros y tenía veintiséis años y buen oído.


Estuvieron dos horas más. Se habló de toneladas, de aduanas, de una imprenta en la calle Sarmiento, de cuánto costaba el papel puesto en Buenos Aires y de cuánto puesto en Veracruz, y de si los de instrucción pública de Chile pondrían pegas, que las pondrían. Amelia anotaba. Don Juan preguntaba cosas concretas y las preguntaba bien. Federico volvió a mirar el jardín.

A la una y media se fueron. Nicolás los acompañó hasta el coche y Federico le dio la mano y le dijo que perdonara el humo, aunque no había fumado nadie, y Nicolás tardó dos días en entender que aquello había sido una broma.

Cuando volvió al despacho, don Juan estaba de pie junto a la ventana.

—Nicolás.

—Señor.

—El acta.

—Sí, señor.

—Que esté esta tarde. Y mándame una copia a Lausana.

Se fue. Nicolás se sentó, abrió el cuaderno de actas, mojó la pluma y se quedó parado.

Tenía la frase escrita en la libreta, tal cual, con sus comillas: Usted a mí no me sirve para volver a España. Usted a mí me sirve para no perder América.

Y sabía dos cosas a la vez, como había sabido lo de las dos fechas del cajón.

La primera, que aquella frase era lo único verdadero que se había dicho en toda la mañana.

La segunda, que si la ponía, el acta tendría que salir de la casa, y llegaría a Lausana, y de Lausana a Madrid, porque de Lausana llegaba todo a Madrid, y que un señor leería en voz alta «no me sirve para volver a España» y se acabaría el asunto antes de empezar. No por maldad. Por cómo se leen los papeles.

Se quedó así un rato largo, con la pluma en el aire y la casa en silencio y el olor a pino entrando por la ventana.

Después escribió, con su letra excelente:

Se trató de la conveniencia de una acción cultural conjunta en los países de lengua española, de la que Su Alteza aceptó ocuparse.

Puso la fecha. Secó la tinta. Cerró el cuaderno.


Nota de la autora: qué es verdad y qué no aquí dentro

Los dos papeles del cajón son reales, y no hace falta exagerarlos. El 25 de agosto de
1948
, don Juan de Borbón se entrevistó con Franco a bordo del yate Azor, frente a
San Sebastián, y allí se acordó que su hijo Juan Carlos se educaría en España. El 30 de
agosto de 1948
, cinco días después, representantes de las fuerzas monárquicas firmaron en
San Juan de Luz un pacto con el PSOE de Indalecio Prieto para acabar con la dictadura y traer una
monarquía parlamentaria. Los socialistas dijeron más tarde que se les había ocultado la reunión
del yate.

También es verdad lo que Federico le pone encima de la mesa: en 1936, al empezar la guerra, don
Juan intentó alistarse con los sublevados y lo hicieron volver. Y es verdad la casa: vivía en
Estoril, en Villa Giralda.

Todo lo demás es mío. Nicolás Aguirre no existió, ni Amelia Sanz de Otero, ni la imprenta de la
calle Sarmiento, ni el acta. La reunión no se celebró, porque el hombre del traje grande llevaba
doce años muerto en un barranco entre Víznar y Alfacar. Esta serie cuenta lo que habría pasado si
no.

Por qué no se cuenta desde ninguno de los dos

Porque las cosas importantes se deciden casi siempre delante de alguien a quien nadie mira. En
el primer relato de esta serie era un guardia con los calcetines mojados. Aquí es un secretario de
veintiséis años con buena letra, que tiene que elegir entre escribir lo que oyó y escribir lo que
se puede archivar. Elige lo segundo, como habría elegido cualquiera, y por eso la cosa sigue
adelante.

La serie «La bola blanca»

Los cinco son ficción. La línea temporal se separa de la nuestra una sola vez, en una era, a
las tres y diez de la madrugada, y no vuelve.