Lorca en 1966: la entrevista que no existió

Tercera entrega de La bola blanca.
Federico García Lorca tiene sesenta y ocho años, vive al otro lado del mar desde hace veintinueve y
un periodista de veinticuatro viene a preguntarle por un libro que casi nadie defiende. La
transcripción está completa. El periodista no se da cuenta de lo que tiene delante.
Transcripción de la entrevista mantenida el 9 de mayo de 1966 en el Hotel Majestic, Ciudad de México. Entrevistador: Ernesto Valdivia. Para el suplemento dominical de La Gaceta. Duración de la cinta: cuarenta y un minutos. Se transcribe completa.
E. V. — ¿Le importa que ponga esto aquí?
F. G. L. — Póngalo donde quiera. ¿Gira ya?
E. V. — Gira.
F. G. L. — Pues nada.
E. V. — Empiezo. Este año se cumplen treinta años del comienzo de la guerra en España.
F. G. L. — Se cumplen.
E. V. — ¿Piensa usted en volver?
F. G. L. — No.
E. V. — ¿Nunca?
F. G. L. — Es que la pregunta está mal hecha y la contesto mal. Me pregunta usted si pienso en volver y yo pienso en volver todos los días, como piensa cualquiera. Otra cosa es que vaya a ir. No voy a ir.
E. V. — ¿Por qué no?
F. G. L. — Porque tendría que pedirle permiso a alguien.
E. V. — [Pausa.] En los últimos años se ha dicho que hay gestiones.
F. G. L. — Se ha dicho de todo.
E. V. — ¿Las hay?
F. G. L. — Mire, yo firmo cosas para escuelas. Ese es el trabajo que tengo. Si alguien quiere leer ahí una gestión, que la lea.
E. V. — Le pregunto porque hay quien se lo reprocha.
F. G. L. — Hay quien me lo reprocha, sí.
E. V. — Gente que estuvo con usted.
F. G. L. — Gente que estuvo conmigo.
E. V. — ¿Qué les contesta?
F. G. L. — Nada. Tienen razón ellos. Yo me senté con quien me senté y ellos no se han sentado con nadie, y eso es limpio y yo no lo soy. Lo que pasa es que yo tenía una cosa que hacer y la he hecho, y ellos no tenían ninguna. —[Pausa.]— No ponga usted eso como si fuera un argumento. No lo es. Es lo que hay.
E. V. — ¿Lo volvería a hacer?
F. G. L. — Sí.
E. V. — ¿Sin dudarlo?
F. G. L. — Dudando todo el rato. Pero sí.
E. V. — Cambio de tema.
F. G. L. — Hágame el favor.
E. V. — Este año vuelve a sonar su nombre para el premio de Estocolmo.
F. G. L. — Suena hace quince años.
E. V. — ¿Le gustaría?
F. G. L. — Hombre, claro.
E. V. — Hay quien dice que no se lo dan por lo que hablábamos antes. Por con quién se sentó.
F. G. L. — Puede ser. También puede ser que no se lo den a uno porque hay mucha gente y el premio es uno solo, que es la explicación aburrida y casi siempre la buena.
E. V. — ¿No le amarga?
F. G. L. — Me amargan otras cosas.
E. V. — ¿Cuáles?
F. G. L. — Siguiente pregunta.
E. V. — Le quería preguntar por los libros escolares. He traído uno. Este es el mío, de tercero.
F. G. L. — [Risa.] ¿De qué año es?
E. V. — Del cincuenta y cuatro. Me lo guardó mi madre.
F. G. L. — Está bien conservado.
E. V. — Aprendí a leer con esto.
F. G. L. — Usted y unos cuantos.
E. V. — ¿Cuántos?
F. G. L. — No lo sé. Eso lo llevan en la oficina, yo no sé llevar cuentas. Sé que la tirada del año pasado fueron seiscientos y pico mil y que los de Bogotá pidieron más. Es lo único que sé y lo digo mal, seguro.
E. V. — ¿Y le parece poco?
F. G. L. — Me parece que no es mío. Yo he escrito seis obras de las de ahí y el resto lo ha hecho mucha gente, y lo de que aparezca mi apellido en la portada es una cosa comercial que le pareció bien a todo el mundo menos a mí. Ya está. No pregunte más por ahí, que me pongo pesado.
E. V. — Una última de eso. ¿Por qué el mismo libro en veinte países?
F. G. L. — Porque es más barato.
E. V. — ¿Solo por eso?
F. G. L. — Al principio, solo por eso. —[Pausa.]— Después ya fue por lo otro, pero al principio fue porque salía más barato.
E. V. — ¿Lo otro qué es?
F. G. L. — Que un niño de Tampico y un niño de Cádiz se estén sabiendo de memoria las mismas cuarenta páginas. Eso.
E. V. — Eso es bonito.
F. G. L. — Eso es barato. Lo bonito vino después y lo dijeron otros.
E. V. — Vamos a La bola negra.
F. G. L. — Vamos.
E. V. — La empezó usted en el treinta y seis.
F. G. L. — En enero o por ahí.
E. V. — Y la terminó en el cuarenta y ocho.
F. G. L. — La terminé en el cuarenta y ocho.
E. V. — Doce años.
F. G. L. — Doce años, sí.
E. V. — Le voy a hacer una pregunta incómoda.
F. G. L. — Lleva usted cuarenta minutos.
E. V. — [Risa.] Esta más. Casi nadie la defiende. Ni los que le defienden a usted.
F. G. L. — Ya.
E. V. — ¿Usted qué piensa del libro?
F. G. L. — Lo mismo.
E. V. — ¿Lo mismo que quién?
F. G. L. — Que ellos. Que no es bueno.
E. V. — ¿Lo dice en serio?
F. G. L. — ¿Por qué lo iba a decir de broma? Es un libro que empecé de una manera y acabé de otra, con otra cabeza y en otro sitio, y se le nota la costura. Hay treinta páginas del principio que están bien y no son mías del todo, porque las escribió uno que no sabía lo que le iba a pasar. Lo demás lo escribió éste. —[Pausa.]— Y éste sabía demasiado y escribió con cuidado. Con cuidado no se escribe.
E. V. — ¿Y por qué lo terminó?
F. G. L. — Porque estaba empezado.
E. V. — No me vale.
F. G. L. — Es que no tengo otra.
E. V. — Le quiero preguntar una cosa del treinta y siete.
F. G. L. — Diga.
E. V. — Rafael Rodríguez Rapún.
F. G. L. — [El entrevistado no responde.]
E. V. — Murió en el frente del Norte, ¿verdad? En agosto.
F. G. L. — [El entrevistado no responde.]
E. V. — ¿Prefiere que lo dejemos?
F. G. L. — [El entrevistado no responde. Pasan, calculo, veinte o treinta segundos. Se oye la calle. Después pide agua y se la sirvo.]
F. G. L. — ¿Por dónde íbamos?
E. V. — Por el libro.
F. G. L. — Pues por el libro.
E. V. — Entonces, para cerrar. ¿Se arrepiente de haberlo terminado?
F. G. L. — Lo terminé en el cuarenta y ocho.
E. V. — Eso ya me lo ha dicho.
F. G. L. — Se lo he dicho dos veces.
E. V. — Sí.
F. G. L. — Bueno.
E. V. — [Le pregunto si quiere añadir algo. Dice que no. Le pregunto si quiere revisar la transcripción antes de que se publique. Dice que no hace falta, que ponga lo que le parezca.]
E. V. — Muchas gracias, don Federico.
F. G. L. — A usted. Y guarde el libro ese, que ya no los hacen así.
[Fin de la cinta.]
Nota de la autora: qué es verdad y qué no aquí dentro
Rafael Rodríguez Rapún existió. Fue secretario de La Barraca, la compañía de
teatro universitario que Lorca llevó por los pueblos de España en los años treinta, y murió en el
frente del Norte en agosto de 1937, un año después del asesinato de Lorca. Es la única persona real
que aparece nombrada en todo el relato y aparece una sola vez, porque una sola vez era bastante.
La bola negra también existió, a medias: Lorca la empezó a principios de 1936 y
no pasó de unas páginas. Sabemos de ella sobre todo por una carta suya a Cipriano Rivas Cherif.
Terminarla en 1948 es cosa mía, y que quedara mediocre también. Me interesaba más un hombre normal
dentro de un mundo que se ha movido que un genio al que todo le sale bien.
El premio de Estocolmo, en nuestro mundo, fue en 1956 para Juan Ramón Jiménez, exiliado en
Puerto Rico, y en 1977 para Vicente Aleixandre, con el argumento expreso de que se reconocía a toda
la Generación del 27, «partida en dos por la guerra». En esta línea temporal tampoco le llega a
Federico. No hacía falta dárselo: la historia va de lo que sobrevivir no arregla.
Ernesto Valdivia no existe, ni La Gaceta, ni el Hotel Majestic de esa mañana, ni los
libros escolares, ni la tirada de seiscientos y pico mil, ni el niño de Tampico y el niño de Cádiz
sabiéndose de memoria las mismas cuarenta páginas.
Por qué una transcripción
Esta serie la cuentan siempre personas sin importancia que tienen un papel delante. En el primer
relato, un guardia escribe mal un número y cambia el siglo sin enterarse. En el segundo, un
secretario decide cómo se redacta un acta y por eso la cosa sigue adelante. Aquí el periodista tiene
la cinta entera, no falta ni una palabra, y aun así se le escapa: pregunta por el premio, por el
regreso y por el libro, y lo único que importa de los cuarenta y un minutos son treinta segundos en
los que no se dice nada y una fecha repetida dos veces.
La serie «La bola blanca»
- I. El camino de Víznar — Granada, agosto de 1936.
Leer. - II. Estoril — 1948.
Leer. - III. El libro — 1966. Este relato.
- IV. La calle — Granada, 1977.
- V. La libreta — 2026.
Los cinco son ficción. La línea temporal se separa de la nuestra una sola vez, en una era, a
las tres y diez de la madrugada, y no vuelve.